Fuimos educados para
dar cosas por sentado. Para no detenernos a escudriñar ciertas verdades
aprendidas de memoria, o para estudiarlas como nos han enseñado a hacerlo. Verdades
históricas, verdades políticas, verdades económicas, verdades religiosas. Verdades
que día tras día repetimos como nuestras, sin siquiera detenernos a reflexionar
si creemos realmente en ello; o por qué creemos en ello. Todas las religiones
tienen sus autos de fe. Hechos, historias, acontecimientos fundacionales que el
individuo debe aceptar por voluntad propia, pues la voluntad humana, es la
manifestación del alma. Sin embargo, todas estas aceptaciones han sido corrompidas
por las castas religiosas, que, lejos de bregar por la espiritualidad del
hombre, coaccionan a los individuos para forzarlos a una aceptación de fines
meramente mercantilistas.
La condición primordial del cristianismo es la
aceptación de Jesús como redentor. Como el hijo directo de Dios, muerto en la
cruz en perdón de nuestros pecados, y resurrecto al tercer día. No existe
cristiano en el mundo que pueda llamarse tal, si no ha hecho esta aceptación de
fe, por voluntad propia. Sin embargo la voluntad no cuenta cuando el individuo
es amenazado con el castigo eterno o la perdición del alma inmortal. Eso es coacción,
es elegir bajo presión anulando en sí la elección tomada, pues no es libre e
independiente quien elige pensando que si no elige aquello que se ofrece, será
condenado a un tormento eterno entre llamas infernales y lagos de azufre
hirviendo. Ni aún la justicia terrena acepta una confesión en tales términos de
tortura psicológica, cuánto menos podría aceptarla la divina. Aún cuando la
persona crea realmente que es libre en su elección, hay un punto en el cual el
temor por el castigo en la no aceptación coarta nuestra voluntad propia,
nuestra libre y desinteresada manifestación del alma.
La muerte y resurrección en el ser cristiano
es un hecho fundamental, no puede ser aceptado bajo presión o sin ser
comprendido, y el cristiano no puede vivir en comunión con su Dios si no sabe
cual es el pecado que éste le ha perdonado al tomar, libre y soberanamente,
esta aceptación de fe.
Este trabajo apunta a ello. A escudriñar en el
significado real de dicho acontecimiento, en su contenido simbológico, y en el
por qué debió suceder así; para que el cristiano pueda elegir libremente y a
sabiendas; no por temor al castigo, no por deseo de premio, sino por simple y
real voluntad propia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario