Todos los libros
sagrados son dogma. Si bien las creencias religiosas fueron, en principio, una
explicación mágica de cuestiones terrenales o especulaciones metafísicas, que
buscaban el fomento de la hermandad entre los individuos, con el correr de los
siglos generaron mitos y leyendas de transmisión oral que derivaron en la
formación moral de las comunidades. Cuando las sociedades empezaron a
desarrollarse, las religiones, al ser las formadoras del individuo, tomaron la
delantera en el manejo social. El poder emanado de ello, llevó a la necesidad
de delinear determinados parámetros en las creencias, con el fin primordial de circunscribir
dicho poder en las manos adecuadas. Así, las castas sacerdotales decidieron
cuáles mitos y cuáles leyendas serían aptas a sus fines y cuáles no, dando
origen a los primeros libros sagrados.
La gran mayoría de los textos santos, de todas
las religiones del mundo se definieron por recopilación de historias, orales o
escritas, preexistentes; y fueron
concebidos por la necesidad de definir una creencia determinada, en
contraposición con otras creencias que le hacían frente, o pretendían ocupar su
lugar; es decir, como una forma de coaccionar a determinado grupo en torno de
sí. En definitiva, el dogma, sea cual fuere éste, es una forma de poder; de
utilizar un conocimiento o creencia a fin de organizar y administrar un poder
determinado para mantener unido a un grupo, o para sojuzgarlo.
Esto no busca ni pretende cuestionar la
santidad de ninguna religión en sí, (pues ello iría en contra de este trabajo)
sino solo poner en contexto el rol del texto sagrado de las religiones, a las
cuales no escapa la judeocristiana. Es la creencia de este autor, que sin dudas
existen chispazos de inspiración divina
en los textos, y que algo del mensaje de Dios a los hombres puede transpolarse
de los libros, pero definitivamente, el armado y concepción de dichos libros a
lo largo de la historia, poco ha tenido que ver con mandatos o decisiones celestiales.
El poder, casi
por definición, va en contra de las libertades del hombre que proclaman todas
las religiones, pues requiere del sometimiento del otro para ser ejercido; pero
las religiones son poder. Y el reglamento que organiza ese poder, está dado en
sus textos sagrados, los cuales fueron minuciosamente confeccionados con ese
fin. De este modo, todos aquellos profetas, apóstoles, o emisarios divinos
llenos de gracia que hubiesen dejado un escrito que pusiese en duda esta
administración del poder por parte de las castas religiosas, fueron marginados
del canon santo y convertidos en apócrifos; mientras que todos aquellos que
podían ser manipulados o utilizados a los fines del poder clerical, pasaron a
ser santificados con la inclusión en el libro santo. Cuáles eran los textos más
fieles al espíritu de la creencia en particular, fue secundario a la ora de
definir el dogma, pues un dogma está dado para administrar; y la administración
es, en sí, un ejercicio de poder. De este modo, es sencillo concluir que los
textos que integran el dogma de cualquier religión, seguramente no sean los que
expresan con mayor fidelidad el espíritu original de esa religión. Sin embargo,
los textos incluidos en dichos libros no fueron confeccionados con tal fin (En
la mayoría de los casos), sino que venían de mucho tiempo atrás, de una época
en la cual la religiosidad era mucho más espiritual que política, y con trabajo
y empeño puede percibirse en ellos el espíritu original en el cual fueron concebidos.
Cuatrocientos años antes de nuestra era,
comenzó lo que, dentro del dogma judeocristiano, es conocido por muchos con el
nombre de “Los cuatrocientos años de silencio”. Estos cuatrocientos años de
silencio refieren a un periodo en el cual Dios deja de comunicarse con los
hombres a través de sus profetas, y culmina, según la cristiandad, con la
venida del Cristo. Al saber de los teólogos este periodo de silencio tiene
relevancias místicas relacionadas con el comportamiento del pueblo judío para
con Dios, y con el advenimiento del redentor. Sin embargo, dicho silencio se
produjo por razones un tanto más terrenas. Doscientos años antes del silencio, (600
AC.) al ser los judíos deportados de Babilonia, comenzaron a forjar sus rasgos nacionales
definitivos; y para ello, era menester trazar los lineamientos finales, no solo
de su religión, sino también de su sistema social y legal. Es decir,
necesitaban delinear su dogma. (Vale recordar aquí que hasta muy entrada
nuestra era, las religiones eran las encargadas, no solo de la espiritualidad,
sino también de la jurisprudencia, la contención social, y la educación) A este
fin comenzó la recopilación de textos, mitos y leyendas, en lo que más tarde se
conocería como La Torá, el primer texto sagrado del Judaísmo. Esta recopilación
de leyes y tradiciones que estableció las bases de lo que sería su identidad
nacional, era, a su fe, palabra revelada de Dios el altísimo, y siendo que Dios
ya se había manifestado con ellos dándoles un dogma el cual seguir, todo
profeta o enviado divino que pudiere venir después de ello era, no solo
innecesario, sino también incómodo al grupo dominante que había seleccionado
los textos que mejor servirían a sus fines.
Es decir, cuando los hombres hubieron
terminado de decidir cómo se administraría la ley de Dios, doscientos años
después de iniciada su labor con la culminación del Pentateuco (400 AC.), no
necesitaban que viniera Dios a enviarles un profeta que les dijera que estaban
equivocados o debían corregir tal o cual cosa; y fue por esta razón que los
años posteriores a dicha finalización de ese primer texto sagrado fueron de
silencio. No porque de hecho se hubiera cortado una comunicación mística de
Dios para con los hombres, sino porque los hombres se encargaron de anular todo
vestigio de comunicación que pudiera ir en contra del dogma que habían forjado.
Si leemos el antiguo testamento como una
continuidad, y no deteniéndonos en el mensaje oculto detrás de cada literalidad
como nos han enseñado, podemos notar con claridad como todo el texto redunda en
un justificativo constante, mucho más del hombre hacia Dios, que de Dios hacia
el hombre. Se presenta bastante claro cómo un grupo, puesto a mostrarse como
pueblo elegido, debía justificar el por qué de sus calamidades históricas,
resguardando la integridad infinitamente justa y omnipotente de su Dios;
llegando a la conclusión que solo se podía argumentar que tanto exilio y
esclavitud, era posible porque Dios los castigaba al ser malos y desobedientes.
Si Dios el altísimo eligió un pueblo de entre todos los pueblos, ese pueblo tendría
que, obligatoriamente, haber gozado de ciertos beneficios terrenos; pero si
esos beneficios terrenos no podían encontrarse en el repaso de su historia,
¿entonces cómo podía ser el pueblo elegido por el único Dios verdadero? Solamente
fue posible si Dios, al ver que no entendían su mensaje, se vio en la
obligación de castigarlos. Y entonces tenemos un antiguo testamento plagado de relatos
que nos explican por qué al pueblo que mejor le tendría que haber ido en el
desarrollo de la historia mundial, siempre le ha ido tan mal.
La conclusión en este punto es bastante obvia,
el canon sagrado de las religiones fue proyectado como dogma por hombres que
necesitaban ejercer su poder sobre otros hombres, y la inspiración divina que pudo
haber movido a aquellos primeros escritores de textos sueltos y diseminados
antes de la gran recopilación, no fue muy tomada en cuenta por los doctos de
las religiones a quienes les era mucho más importante el gobernar, que el
bregar por la espiritualidad de su nación. Esta historia, se repite a lo largo
de todas las religiones que han ostentado un poder secular, y no es ajena al
mismo Cristianismo cuando este se convierte en fe oficial del imperio Romano y
se ve en la necesidad de recopilar textos para diseñar su propio dogma.
La Biblia, tal y como hoy la conocemos, no es
más que otra compilación de textos en pos de un dogma. Textos que fueron
seleccionados dejando a muchos otros textos de lado. Y si somos capaces de
considerar que las mismas personas que forzaron las fechas de su liturgia para
hacerlas coincidir con las de dioses paganos romanos, que vendían indulgencias asegurándoles
el paraíso a reyes pedófilos y homicidas para construir una fastuosa catedral,
que destruyeron la mitad de la monarquía Europea quedándose con sus vienes
durante las guerras de Las Cruzadas, que quemaban gente en la hoguera con el
mismo fin o por solo pensar distinto, y tantas otras aberraciones más, tuvieron
la inspiración divina para elegir los textos más acordes a su fe, por sobre los
más acordes a su conveniencia, entonces es posible que este autor este completamente
equivocado en su argumentación.
Más allá de esto, y como dije en un principio,
los textos venían de antes; de un tiempo donde la idea de utilizar la fe para
dominar al prójimo no había madurado aún en la mente de los hombres. De un
tiempo donde la explicación metafísica de los acontecimientos incomprensibles
daba cierto grado de certidumbre a la razón del ser. De un tiempo donde el
hombre, sin dudas, tenía una cercanía más genuina y directa con su Dios y era
permeable a la inspiración Divina a la hora de preguntarse sobre ciertos temas
trascendentes. Si leemos los textos sagrados (sobre todo El Génesis, por ser el
más antiguo) sin el temor que supieron inculcarnos los dueños de las verdades
absolutas; es decir, sin miedo a arder en el infierno cuando nuestros ojos no
leen de la manera que nos han enseñado; podremos notar que la verdad que los
textos encierran no está en la palabra escrita, sino en el mensaje que de ella
trasciende. Porque este mensaje es mucho más profundo y revelador que el
discurrir sobre la literalidad de si: “En el principio creó Dios los cielos y
la tierra” quiere decir que la primera cosa creada fueron los cielos, e
inmediatamente después vino la tierra; o si que el hombre no tenga una costilla
menos que la mujer echa por tierra toda la teoría creacionista.
Cuando leemos en un poema: “Tus ojos de cielo”
no lo interpretamos literalmente, ni nos perdemos en vastas elucubraciones
sobre la sustancia que componen a un par de ojos para ser de cielo, sino que lo
tomamos metafóricamente, entendiendo que el autor esta refiriendo al color de
sus ojos, o a la pureza de los mismos, o etc. No hacemos igual al leer textos
sagrados, pues fuimos entrenados en el temor al castigo eterno. Si leyéramos a Platón
tomándolo como un enviado divino, no podríamos discernir entre sus ideas
verdaderamente iluminadas y las que eran fruto de las concepciones limitadas de
su época, o su propia formación o visión del mundo; y nos perderíamos del
sentido real de sus textos en pos de la sobre valoración de una literalidad
nociva e innecesaria. Los textos sagrados siguen los mismos principios que los
anteriores, pues su estructura literaria podría definirse como poética y filosófica,
debiendo entonces leerlos desde ese estilo, para poder comprender el espíritu
original escondido en la pluma del autor; y nótese que digo “autor” y no
“recopilador” pues, de nuevo, los libros santos no fueron escritos por las
mismas personas que los editaron, y sus intereses eran muy distintos.
Otra intervención clásica del pensamiento
religioso es evitar la pregunta de “¿por qué fueron escritos dichos textos?”. La
estructura de pensamiento tradicional de las religiones argumenta lo impropio
de preguntarse: ¿Por qué?, sustituyéndolo por el: ¿Para qué? esto no es más que
una construcción doctrinal de sometimiento a la autoridad clerical. Si
indagamos en el concepto notamos lo arbitrario del mismo, pues ¿Por qué? es una
pregunta de origen, mientras que ¿Para qué? lo es de término. No podremos nunca
saber ¿Para qué? (Con qué fin) ocurrió algo, sin antes saber ¿Por qué? (A raíz
de qué causa) se produjo. Es decir; ignorando el ¿Por qué? cualquier ¿Para qué?
es aplicable; siendo esto funcional a las castas dominantes, que evitan
discernir sobre cuáles eran las necesidades que llevó a las comunidades
antiguas al redactar sus textos sagrados (Por qué lo hicieron), para poder
argumentar a favor de causas estrechamente relacionadas con sus fines actuales
(Para qué fue hecho). Es un ejercicio muy frecuente en los talleres literarios,
tomar frases sueltas de un texto determinado, para construir con ellas un
escrito nuevo y diferente. Del mismo modo si a un autor se le entregaran
fragmentos sueltos de las más terribles tragedias de Shakespeare, éste podría
armar con ellos una comedia romántica. Las ideas originales del autor siempre
permanecerán en el escrito, y siempre podrán ser rescatadas de él; pero si nos
quedamos en la lectura del recopilador, solo podremos leer la obra que él armó
y nada más.