domingo, 22 de septiembre de 2013

Introducción


Fuimos educados para dar cosas por sentado. Para no detenernos a escudriñar ciertas verdades aprendidas de memoria, o para estudiarlas como nos han enseñado a hacerlo. Verdades históricas, verdades políticas, verdades económicas, verdades religiosas. Verdades que día tras día repetimos como nuestras, sin siquiera detenernos a reflexionar si creemos realmente en ello; o por qué creemos en ello. Todas las religiones tienen sus autos de fe. Hechos, historias, acontecimientos fundacionales que el individuo debe aceptar por voluntad propia, pues la voluntad humana, es la manifestación del alma. Sin embargo, todas estas aceptaciones han sido corrompidas por las castas religiosas, que, lejos de bregar por la espiritualidad del hombre, coaccionan a los individuos para forzarlos a una aceptación de fines meramente mercantilistas.

 La condición primordial del cristianismo es la aceptación de Jesús como redentor. Como el hijo directo de Dios, muerto en la cruz en perdón de nuestros pecados, y resurrecto al tercer día. No existe cristiano en el mundo que pueda llamarse tal, si no ha hecho esta aceptación de fe, por voluntad propia. Sin embargo la voluntad no cuenta cuando el individuo es amenazado con el castigo eterno o la perdición del alma inmortal. Eso es coacción, es elegir bajo presión anulando en sí la elección tomada, pues no es libre e independiente quien elige pensando que si no elige aquello que se ofrece, será condenado a un tormento eterno entre llamas infernales y lagos de azufre hirviendo. Ni aún la justicia terrena acepta una confesión en tales términos de tortura psicológica, cuánto menos podría aceptarla la divina. Aún cuando la persona crea realmente que es libre en su elección, hay un punto en el cual el temor por el castigo en la no aceptación coarta nuestra voluntad propia, nuestra libre y desinteresada manifestación del alma.

 La muerte y resurrección en el ser cristiano es un hecho fundamental, no puede ser aceptado bajo presión o sin ser comprendido, y el cristiano no puede vivir en comunión con su Dios si no sabe cual es el pecado que éste le ha perdonado al tomar, libre y soberanamente, esta aceptación de fe.

 Este trabajo apunta a ello. A escudriñar en el significado real de dicho acontecimiento, en su contenido simbológico, y en el por qué debió suceder así; para que el cristiano pueda elegir libremente y a sabiendas; no por temor al castigo, no por deseo de premio, sino por simple y real voluntad propia.

domingo, 1 de julio de 2012

Los textos santos


  Todos los libros sagrados son dogma. Si bien las creencias religiosas fueron, en principio, una explicación mágica de cuestiones terrenales o especulaciones metafísicas, que buscaban el fomento de la hermandad entre los individuos, con el correr de los siglos generaron mitos y leyendas de transmisión oral que derivaron en la formación moral de las comunidades. Cuando las sociedades empezaron a desarrollarse, las religiones, al ser las formadoras del individuo, tomaron la delantera en el manejo social. El poder emanado de ello, llevó a la necesidad de delinear determinados parámetros en las creencias, con el fin primordial de circunscribir dicho poder en las manos adecuadas. Así, las castas sacerdotales decidieron cuáles mitos y cuáles leyendas serían aptas a sus fines y cuáles no, dando origen a los primeros libros sagrados.
 La gran mayoría de los textos santos, de todas las religiones del mundo se definieron por recopilación de historias, orales o escritas, preexistentes; y  fueron concebidos por la necesidad de definir una creencia determinada, en contraposición con otras creencias que le hacían frente, o pretendían ocupar su lugar; es decir, como una forma de coaccionar a determinado grupo en torno de sí. En definitiva, el dogma, sea cual fuere éste, es una forma de poder; de utilizar un conocimiento o creencia a fin de organizar y administrar un poder determinado para mantener unido a un grupo, o para sojuzgarlo.
 Esto no busca ni pretende cuestionar la santidad de ninguna religión en sí, (pues ello iría en contra de este trabajo) sino solo poner en contexto el rol del texto sagrado de las religiones, a las cuales no escapa la judeocristiana. Es la creencia de este autor, que sin dudas  existen chispazos de inspiración divina en los textos, y que algo del mensaje de Dios a los hombres puede transpolarse de los libros, pero definitivamente, el armado y concepción de dichos libros a lo largo de la historia, poco ha tenido que ver con mandatos o decisiones celestiales.
El poder, casi por definición, va en contra de las libertades del hombre que proclaman todas las religiones, pues requiere del sometimiento del otro para ser ejercido; pero las religiones son poder. Y el reglamento que organiza ese poder, está dado en sus textos sagrados, los cuales fueron minuciosamente confeccionados con ese fin. De este modo, todos aquellos profetas, apóstoles, o emisarios divinos llenos de gracia que hubiesen dejado un escrito que pusiese en duda esta administración del poder por parte de las castas religiosas, fueron marginados del canon santo y convertidos en apócrifos; mientras que todos aquellos que podían ser manipulados o utilizados a los fines del poder clerical, pasaron a ser santificados con la inclusión en el libro santo. Cuáles eran los textos más fieles al espíritu de la creencia en particular, fue secundario a la ora de definir el dogma, pues un dogma está dado para administrar; y la administración es, en sí, un ejercicio de poder. De este modo, es sencillo concluir que los textos que integran el dogma de cualquier religión, seguramente no sean los que expresan con mayor fidelidad el espíritu original de esa religión. Sin embargo, los textos incluidos en dichos libros no fueron confeccionados con tal fin (En la mayoría de los casos), sino que venían de mucho tiempo atrás, de una época en la cual la religiosidad era mucho más espiritual que política, y con trabajo y empeño puede percibirse en ellos el espíritu original en el cual fueron concebidos.
 Cuatrocientos años antes de nuestra era, comenzó lo que, dentro del dogma judeocristiano, es conocido por muchos con el nombre de “Los cuatrocientos años de silencio”. Estos cuatrocientos años de silencio refieren a un periodo en el cual Dios deja de comunicarse con los hombres a través de sus profetas, y culmina, según la cristiandad, con la venida del Cristo. Al saber de los teólogos este periodo de silencio tiene relevancias místicas relacionadas con el comportamiento del pueblo judío para con Dios, y con el advenimiento del redentor. Sin embargo, dicho silencio se produjo por razones un tanto más terrenas. Doscientos años antes del silencio, (600 AC.) al ser los judíos deportados de Babilonia, comenzaron a forjar sus rasgos nacionales definitivos; y para ello, era menester trazar los lineamientos finales, no solo de su religión, sino también de su sistema social y legal. Es decir, necesitaban delinear su dogma. (Vale recordar aquí que hasta muy entrada nuestra era, las religiones eran las encargadas, no solo de la espiritualidad, sino también de la jurisprudencia, la contención social, y la educación) A este fin comenzó la recopilación de textos, mitos y leyendas, en lo que más tarde se conocería como La Torá, el primer texto sagrado del Judaísmo. Esta recopilación de leyes y tradiciones que estableció las bases de lo que sería su identidad nacional, era, a su fe, palabra revelada de Dios el altísimo, y siendo que Dios ya se había manifestado con ellos dándoles un dogma el cual seguir, todo profeta o enviado divino que pudiere venir después de ello era, no solo innecesario, sino también incómodo al grupo dominante que había seleccionado los textos que mejor servirían a sus fines.
 Es decir, cuando los hombres hubieron terminado de decidir cómo se administraría la ley de Dios, doscientos años después de iniciada su labor con la culminación del Pentateuco (400 AC.), no necesitaban que viniera Dios a enviarles un profeta que les dijera que estaban equivocados o debían corregir tal o cual cosa; y fue por esta razón que los años posteriores a dicha finalización de ese primer texto sagrado fueron de silencio. No porque de hecho se hubiera cortado una comunicación mística de Dios para con los hombres, sino porque los hombres se encargaron de anular todo vestigio de comunicación que pudiera ir en contra del dogma que habían forjado.
 Si leemos el antiguo testamento como una continuidad, y no deteniéndonos en el mensaje oculto detrás de cada literalidad como nos han enseñado, podemos notar con claridad como todo el texto redunda en un justificativo constante, mucho más del hombre hacia Dios, que de Dios hacia el hombre. Se presenta bastante claro cómo un grupo, puesto a mostrarse como pueblo elegido, debía justificar el por qué de sus calamidades históricas, resguardando la integridad infinitamente justa y omnipotente de su Dios; llegando a la conclusión que solo se podía argumentar que tanto exilio y esclavitud, era posible porque Dios los castigaba al ser malos y desobedientes. Si Dios el altísimo eligió un pueblo de entre todos los pueblos, ese pueblo tendría que, obligatoriamente, haber gozado de ciertos beneficios terrenos; pero si esos beneficios terrenos no podían encontrarse en el repaso de su historia, ¿entonces cómo podía ser el pueblo elegido por el único Dios verdadero? Solamente fue posible si Dios, al ver que no entendían su mensaje, se vio en la obligación de castigarlos. Y entonces tenemos un antiguo testamento plagado de relatos que nos explican por qué al pueblo que mejor le tendría que haber ido en el desarrollo de la historia mundial, siempre le ha ido tan mal.
 La conclusión en este punto es bastante obvia, el canon sagrado de las religiones fue proyectado como dogma por hombres que necesitaban ejercer su poder sobre otros hombres, y la inspiración divina que pudo haber movido a aquellos primeros escritores de textos sueltos y diseminados antes de la gran recopilación, no fue muy tomada en cuenta por los doctos de las religiones a quienes les era mucho más importante el gobernar, que el bregar por la espiritualidad de su nación. Esta historia, se repite a lo largo de todas las religiones que han ostentado un poder secular, y no es ajena al mismo Cristianismo cuando este se convierte en fe oficial del imperio Romano y se ve en la necesidad de recopilar textos para diseñar su propio dogma.
 La Biblia, tal y como hoy la conocemos, no es más que otra compilación de textos en pos de un dogma. Textos que fueron seleccionados dejando a muchos otros textos de lado. Y si somos capaces de considerar que las mismas personas que forzaron las fechas de su liturgia para hacerlas coincidir con las de dioses paganos romanos, que vendían indulgencias asegurándoles el paraíso a reyes pedófilos y homicidas para construir una fastuosa catedral, que destruyeron la mitad de la monarquía Europea quedándose con sus vienes durante las guerras de Las Cruzadas, que quemaban gente en la hoguera con el mismo fin o por solo pensar distinto, y tantas otras aberraciones más, tuvieron la inspiración divina para elegir los textos más acordes a su fe, por sobre los más acordes a su conveniencia, entonces es posible que este autor este completamente equivocado en su argumentación. 
 Más allá de esto, y como dije en un principio, los textos venían de antes; de un tiempo donde la idea de utilizar la fe para dominar al prójimo no había madurado aún en la mente de los hombres. De un tiempo donde la explicación metafísica de los acontecimientos incomprensibles daba cierto grado de certidumbre a la razón del ser. De un tiempo donde el hombre, sin dudas, tenía una cercanía más genuina y directa con su Dios y era permeable a la inspiración Divina a la hora de preguntarse sobre ciertos temas trascendentes. Si leemos los textos sagrados (sobre todo El Génesis, por ser el más antiguo) sin el temor que supieron inculcarnos los dueños de las verdades absolutas; es decir, sin miedo a arder en el infierno cuando nuestros ojos no leen de la manera que nos han enseñado; podremos notar que la verdad que los textos encierran no está en la palabra escrita, sino en el mensaje que de ella trasciende. Porque este mensaje es mucho más profundo y revelador que el discurrir sobre la literalidad de si: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” quiere decir que la primera cosa creada fueron los cielos, e inmediatamente después vino la tierra; o si que el hombre no tenga una costilla menos que la mujer echa por tierra toda la teoría creacionista.
 Cuando leemos en un poema: “Tus ojos de cielo” no lo interpretamos literalmente, ni nos perdemos en vastas elucubraciones sobre la sustancia que componen a un par de ojos para ser de cielo, sino que lo tomamos metafóricamente, entendiendo que el autor esta refiriendo al color de sus ojos, o a la pureza de los mismos, o etc. No hacemos igual al leer textos sagrados, pues fuimos entrenados en el temor al castigo eterno. Si leyéramos a Platón tomándolo como un enviado divino, no podríamos discernir entre sus ideas verdaderamente iluminadas y las que eran fruto de las concepciones limitadas de su época, o su propia formación o visión del mundo; y nos perderíamos del sentido real de sus textos en pos de la sobre valoración de una literalidad nociva e innecesaria. Los textos sagrados siguen los mismos principios que los anteriores, pues su estructura literaria podría definirse como poética y filosófica, debiendo entonces leerlos desde ese estilo, para poder comprender el espíritu original escondido en la pluma del autor; y nótese que digo “autor” y no “recopilador” pues, de nuevo, los libros santos no fueron escritos por las mismas personas que los editaron, y sus intereses eran muy distintos.
 Otra intervención clásica del pensamiento religioso es evitar la pregunta de “¿por qué fueron escritos dichos textos?”. La estructura de pensamiento tradicional de las religiones argumenta lo impropio de preguntarse: ¿Por qué?, sustituyéndolo por el: ¿Para qué? esto no es más que una construcción doctrinal de sometimiento a la autoridad clerical. Si indagamos en el concepto notamos lo arbitrario del mismo, pues ¿Por qué? es una pregunta de origen, mientras que ¿Para qué? lo es de término. No podremos nunca saber ¿Para qué? (Con qué fin) ocurrió algo, sin antes saber ¿Por qué? (A raíz de qué causa) se produjo. Es decir; ignorando el ¿Por qué? cualquier ¿Para qué? es aplicable; siendo esto funcional a las castas dominantes, que evitan discernir sobre cuáles eran las necesidades que llevó a las comunidades antiguas al redactar sus textos sagrados (Por qué lo hicieron), para poder argumentar a favor de causas estrechamente relacionadas con sus fines actuales (Para qué fue hecho). Es un ejercicio muy frecuente en los talleres literarios, tomar frases sueltas de un texto determinado, para construir con ellas un escrito nuevo y diferente. Del mismo modo si a un autor se le entregaran fragmentos sueltos de las más terribles tragedias de Shakespeare, éste podría armar con ellos una comedia romántica. Las ideas originales del autor siempre permanecerán en el escrito, y siempre podrán ser rescatadas de él; pero si nos quedamos en la lectura del recopilador, solo podremos leer la obra que él armó y nada más.

El ser, humano


A todo esto, el ser humano existe. Si bien los libros son siempre escritos por manos humanas, no podemos obviar que esas manos están allí para escribir. El origen del hombre sobre la tierra encuentra su argumentación en las más variadas teorías, que podrían encuadrarse dentro de dos grupos; las evolutivas, y las creacionistas. Sin embargo todas ellas hacen hincapié en algo secundario desde el punto de vista espiritual, y es la corporeidad del ser. Toda teoría sobre el cómo o el por qué del hombre en esta tierra, redunda en argumentación sobre cómo o por qué medios Dios, o la madre naturaleza, nos generó humanos. Pero a saber de la espiritualidad la cuestión física es un efecto secundario, un, si cabe el término, daño colateral.
 El hombre es un animal. Y ese hecho es indiscutible. Habitamos un cuerpo animal, nos regimos por conductas animales, y nuestro comportamiento social no es más que el  proceder de una manada. Aun sin distinciones de género podemos simplificar en la ecuación de: El macho caza, la hembra cría, y ambos están supeditados a un macho dominante que los gobierna. Si bien la racionalidad del ser humano hace la diferencia con el resto de las especies, ésta nunca pudo asimilar el hecho de estar encapsulada dentro de una estructura animal y optó por negarla. Prueba de ello es el ahínco que durante siglos, las religiones han puesto en separarnos del reino animal. Desde entonces, el animal que somos y negamos, no ha tenido mayores dificultades en gobernarnos sin que nosotros le pongamos grandes resistencias.
 Pero el principio del hombre no es el momento en el cual logramos asirnos de este cuerpo animal; aunque ese sea el principio que nos han enseñado y el cual, aún las religiones, intentan explicar. Y si inquirimos en esto, incluso dentro de los dogmas que se han construido a su alrededor, podemos concluir que en la lectura de esos mismos dogmas, subyace una realidad superior de los escritores originales, que no lograron ocultar quienes nos dominan a través de la fe.
 Hubo un momento, en el inicio de la existencia humana, en el cual nuestra constitución era netamente espiritual y nuestro raciocinio no se hallaba encerrado en ninguna estructura de contención animal. En ese espacio de absoluta semejanza con la deidad y plena libertad, nuestra alma no se encontraba en conflicto con el instinto, pues este le era ajeno. Allí el ser humano era la perfecta manifestación de su creador y el plan de Dios para con el hombre se hallaba completo y en perfecta armonía. Esta apreciación de mi parte, como no podría ser de otro modo, está basada en los llamados textos sagrados, y más precisamente en el Génesis. Pero, por supuesto, para lograr entender el verdadero sentido simbológíco del relato, hay que dejar de lado toda especulación y manipulación de los editores de La Torá y La Biblia (Tanto la judía como la cristiana), e indagar en el mensaje que nos llega de los autores originales de esta leyenda.
 Según se cuenta en el relato, El Edén era un jardín maravilloso diseñado para ser habitado y regido por el ser humano en perfecta comunión con Dios. La única condición puesta por el creador, bajo pena de muerte, era no probar el fruto del árbol prohibido. Pero un día aparece una serpiente tentadora, habla con Eva, y todo se desbarranca en la precipitada pendiente de la desobediencia. El ser humano es expulsado, el hombre condenado a ganar el pan con el sudor de su frente, y la mujer a parir con dolor. Fin del idilio filial, comienzo de la dura realidad de la vida.
 Es necesario comprender aquí que el relato es absolutamente inverosímil; no en tanto de no haber existido, sino en tanto de no poder ser descrito. El hombre fue creado a imagen y semejanza de un Dios “inmaterial”, por ende y por lo cual solo podía, en aquel principio, ser inmaterial; (adelante argumentaré más al respecto) siendo el hombre inmaterial, no había necesidad ninguna de crear un jardín material, con árboles materiales, animales materiales y serpientes materiales, para que habitara en él “materialmente”. El problema es que los autores de aquella época, así como los actuales, solo pueden referir a lo inasible, comparándolo con lo existente, y la única manera de describir el entorno de aquel relato era materializándolo (algo así como “Tus ojos de cielo”). ¿Cómo describir algo que no puede verse, ni tocarse, ni olerse, ni escucharse? No hay forma. Solo dotándolo de esas cualidades podremos referirlo, y aunque al hacerlo lo estemos deformando mortalmente, solo así lograremos comprenderlo.
 De este modo podemos ver que el relato no habla de un lugar, sino de las características de perfección de éste. Lo ubica en cercanías de la zona más fértil del mundo conocido como forma de comparación con lo bello, y lo puebla con todas las criaturas del mundo en referencia a la magnificencia del Dios como supremo creador. Organiza la creación de todas las cosas siguiendo los dictados de la lógica, y, aunque en la segunda parte aparecen ciertas contradicciones en el orden creador, dichas divergencias pueden cohabitar en cierta armonía. Allí, el hombre, que aún no es hombre, es el regente. En sus manos, que aún no son manos, está puesto el cuidado de todas las cosas, que por supuesto aún no son cosas. Le es dado un mandato: No probar del árbol de la ciencia del bien y del mal, y, así mismo, ponerle nombre a todas las criaturas. Detengámonos un instante en esto, ya que es de vital importancia para desterrar ciertas teorías en torno a que aquel hombre del edén, era un ser anodino, casi un muñeco de trapo que no debía probar aquel fruto inmaterial para no pensar por sí mismo y así  vivir dependiente de su Dios. Muchos creen que, al ser el fruto en cuestión de un árbol de “ciencia” del bien y del mal, la prohibición estaba dada en el pensamiento científico. Es decir en la voluntad de pensar libremente. Sin embargo que existiera el mandato de nombrar a los animales, derriba esa especulación porque la palabra es, en su condición más elemental, manifestación del pensamiento. Al decirle al hombre que nombrara a los seres a su cuidado, le estaba dando la orden de pensar; al nombrar, le daba palabra, y al darle palabra pensamiento elaborado, lo cual redundaría, más temprano que tarde en pensamiento propio, libre, y, por supuesto, también científico. El hombre piensa en palabras, por lo tanto si habla piensa; nombrar, es hablar. Si habla y piensa saca conclusiones, elabora, discierne, cuestiona e interroga. Del interrogante viene el planteo y del planteo el pensamiento científico. Dotar a algo de un nombre implica un pensamiento científico, pues debe tomarse en cuenta las características de la cosa, la función que cumple, sus propiedades, sus ventajas y desventajas, etc. Entonces decirle al hombre que nombre a los animales es una conceptualización del razonamiento y nada más que esto. Por lo tanto el hombre fue creado con, no solo la facultad del pensamiento libre, independiente y científico, sino también con el mandato de él.
 Elevando esto un nivel más, y como forma de reforzar esta teoría, podemos notar que también Dios piensa en palabras, pues él nos crea a través de la palabra; palabra que es pensamiento, pensamiento que es conciencia, conciencia que es existencia. Es decir que, en un punto, nosotros existimos porque Dios, desde un planteo místico-filosófico, al nombrarnos tubo conciencia de nosotros, y a la conciencia le sobrevino el existir. Pienso, luego existo.
 Volviendo al ser humano, otras pruebas que refuerzan la teoría de la creación inmaterial, son: la muerte, el alimento, el vestido y la procreación.
Muerte: Dios asegura la muerte al probar el fruto, pero ni Adán ni Eva mueren al hacerlo. De hecho, él no dice que morirán inmediatamente, sino solo que morirán; lo cual, al continuar con vida, nos da la pauta que no se refería a la muerte inmediata, sino a la muerte como destino insoslayable. La verdad es que, si leemos librándonos del dogma que nos impusieron, notamos que Dios en ningún momento hace una amenaza al hombre, sino solo una advertencia. Como al decirle a un chico, no metas los dedos en el enchufe porque te morís; no se lo está amenazando con la muerte, sino que se lo está advirtiendo sobre ella. Entonces, si no lo está amenazando, y tampoco lo está matando inmediatamente, qué es aquello qué está diciendo. Tan lisa y llanamente como eso, que va ha morir. Si va a morir “en algún momento” después de probar aquel fruto, es porque antes de probarlo no estaba en los planes de Dios que el hombre muriera; y esto por sí mismo, argumenta a favor de la inmaterialidad de aquel hombre original creado por Dios a su imagen y semejanza.
 Obviando la absurda literalidad de este hecho, comprendemos que si el hombre del edén era inmaterial, era inmortal por definición, pues el espíritu no muere; entonces la advertencia de Dios venía a referir que de la ingesta de aquel fruto, devendría la corporeidad del hombre, y el cuerpo es finito. Por lo tanto, lo que Dios dice al hombre es: Vos sos espíritu perfecto e inmortal pues fuiste creado a mi imagen y semejanza, si pruebas de ese fruto corromperás mi creación y serás carne corrompida y perecedera.
Alimento: Ahora bien; si el hombre era inmaterial, por qué Dios le dice con qué alimentarse. Un ser inmaterial no necesita del alimento para mantenerse con vida, pues el mismo solo es el combustible del cuerpo físico. Sin embargo, Dios dice: de todo árbol cuyo fruto dé semilla comerás. E inmediatamente aclara que los animales solo se alimentarán de hierba. Y aquí aparece una consideración importante sobre la simbología utilizada por los escritores de aquel Edén inmaterial. Si el jardín era inmaterial, entonces los árboles, los animales y la hierba también lo eran, por lo tanto todo esto está realmente refiriendo a otra cosa. Si el fruto prohibido estaba en el árbol de la ciencia del bien y del mal, ha de ser porque el árbol, como género, esta representando cierto tipo de ciencia o inteligencia; la inteligencia es como una semilla que rinde sus frutos luego de germinada, y por analogía, podemos concluir que los frutos de los cuales el hombre debe alimentarse son frutos intelectuales, inteligencia, pensamiento, voluntad propia, que en definitiva es la expresión del alma humana; o, para ser más metafísico, los frutos del espíritu. Otra vez Dios quiere que el hombre piense por sí mismo, pues solo pensando podrá tener conciencia, y solo teniendo conciencia puede existir. El mandato a los animales, está utilizado por los autores de los textos solo a fin de diferenciarlos y potenciar el concepto anterior. Y se refiere a que ellos carecerán de este don o facultad, pues solo se alimentarán de hierba;  de hierba, ni tan siquiera de su semilla (Y mucho menos de un árbol o un fruto) por lo tanto no compartirán la inteligencia del hombre, no serán espirituales, no tendrán conciencia, pues fueron puestos a cargo del ser humano, la conciencia humana de su existencia les da el existir. En definitiva, el alimento del fruto con semilla, no es otra cosa que el alimento espiritual, tantas veces repetido a lo largo de toda la Biblia.
 Sin embargo notamos que, al ser expulsados del jardín, los autores le hacen decir a Dios: Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Esto no es solo el anticipo del sufrimiento del ser material, sino que es también la afirmación que a partir de allí, el hombre se ha degradado. El pan no solo debe ser manufacturado, sino que también se hace con harina, que no es el fruto de un árbol, sino la semilla de una hierva. En conclusión el ser humano ha mutado, y si bien conserva su inteligencia y espiritualidad (la semilla del alimento) en esta transformación ha bajado al peldaño de la existencia animal (La hierba de la cual se extrae esa semilla), es decir material, rompiendo la perfección de la creación divina.
Vestido: El vestido es, tal vez, la más irrefutable prueba del paso a la materialidad del ser humano. Tanto Adán como Eva, lo primero que hacen al probar el fruto es abrir los ojos y tomar conciencia de su desnudez. Contemplan la existencia material y se ven desprovistos de ella. Ante esto se cubren con hojas de higuera, es decir, intentan cubrir su desnudez con intelecto (la higuera es un árbol, y los árboles, en el edén, eran conocimiento) pero no lo logran y entonces se esconden, ¿dónde? entre los árboles; lo cual no viene a significar otra cosa más que la utilización del conocimiento para justificarse, en vez de para entenderse. Así los encuentra Dios al buscarlos, utilizando el entendimiento para tapar sus ignorancias, y entonces sucede el primer hecho relevante en esta relación; dialogan. Pero no hablan por hablar, sino que confrontan. Antes de esto, no hubo diálogo alguno porque no hubo confrontación de ideas. Todo era perfecto, y en esa perfección, la confrontación no existía; a partir de ahora el hombre, vislumbra el quebranto de esa perfección, y su intelecto no logra soportar el espanto del daño causado, ante esto argumenta un justificativo, es decir, no utiliza su entendimiento para aclarar su ignorancia sino para esconderla. Dios, puesto en la encrucijada de su creación corrompida, no tiene más remedio que expulsarla de allí, pues de permanecer en ese jardín perfecto, contaminará todo con su contemplación material.
 Esto puede interpretarse del hecho que Dios argumenta sobre la “necesidad” de evitar que prueben del fruto del árbol de la vida. Dios, no “quiere” expulsar al hombre, sino que “debe” hacerlo o toda la perfección del edén se perdería inevitablemente. Entonces, lo cubre con piel de animal; no en tanto de hacerle un vestido, sino en tanto de proveerlo de un cuerpo, y lo expulsa; otra vez, no castigándolo con las penurias por venir, sino advirtiéndole sobre ellas.
Procreación: Si el edén era perfecto, estaba concluido; la creación de Dios había terminado. Era un círculo cerrado, principio y fin de un concepto divino. Nada nuevo debía nacer allí, pues allí ya existía todo lo necesario a los fines de esa perfección. Pero al romperse con la desobediencia interviene la materia. La materia muta, evoluciona y se expande, es decir se reproduce. Del polvo cósmico nacen las nebulosas y de ellas las estrellas y los planetas. Las células se dividen y ramifican la vida. El hombre, cayó en las garras de la imperfección, y ahora deberá luchar para salir de ella. Siendo materia, está condenado a la mutación constante, a la evolución, a la reproducción. La mujer está condenada a sufrir los dolores del parto, no porque en el edén esos dolores les serían innecesarios, sino porque lo innecesario en el edén era parir. El espíritu no se reproduce, solo la carne lo hace. En el edén inmaterial no había nacimientos, en el mundo material sí los habrá.
Conclusión: Ahora bien, la representación general de esta leyenda nos indica una verdad ineludible. El hombre entró en el edén siendo inmaterial, pero salió de él siendo material. Qué fue cuánto sucedió allí dentro, cuál es el significado real del árbol de la ciencia del bien y del mal, de la serpiente, de la desobediencia, de la costilla tomada, etc; es absolutamente subjetivo y está sujeto a cualquier debate e interpretación. Pero el hecho insoslayable y trascendente, es que Dios creó a un ser perfecto e inmaterial, y ese ser perfecto corrompió su perfección materializándose.
  Es decir, el hecho concluyente es que el hombre material es un error, no estaba dentro de los planes de Dios, y es la consecuencia directa del pecado original. Ese pecado original cometido solo por Adán y Eva al probar la manzana, pero cuya consecuencia se manifiesta en todos nosotros por el solo hecho de nacer materiales.

La Expulsión


  Muy bien; teniendo en cuenta lo antes vertido, podemos entender que el plan original de Dios para con el hombre era sin dudas muy distinto al cual finalmente resultó siendo. La desobediencia del Edén, trajo como consecuencia la materialidad del ser humano, y su consiguiente expulsión de aquel paraíso. Más allá de esto, Dios no olvida a su creación ni se desentiende de ella. Inmediatamente caído el hombre en desgracia, es factible de ser redimido. No era necesario el transcurso de miles de años para que aquel ser pudiera acceder al llamado perdón divino, solo debía ser condescendiente con el plan original del creador, y manifestar mediante sus actos el arrepentimiento de haber caído en la desgracia de la materia, y el anhelo de volver a la espiritualidad libre de ella, para que Dios pusiera en marcha de inmediato su plan redentor. Sin embargo no sucedió así, y para comprender esto, es necesario indagar en otro mito, tal como intentaron representarlo los autores primitivos, y no los compiladores dogmáticos del antiguo testamento.  El mito de Caín y Abel.
Caín y Abel: Si la lucha del hombre esta signada entre el bien y el mal, y comprendemos que el ser espiritual era perfecto y el material no lo es, se comprende que la diferencia irreconciliable entre bien y mal no es más que una metáfora de la confrontación primigenia entre espíritu y materia, siendo considerado como creación original de Dios el espíritu, y caída en desgracia y pecado la materialidad. Por ello podemos concluir que  tanto Caín como Abel no son más que representaciones de estas fuerzas en pugna, y de cómo el ser humano se paró frente a ellas. Así, tenemos que Abel era pastor, mientras que Caín labrador; Abel construye un altar y ofrenda a su Dios de lo mejor que tiene y tal cómo le fue dado,  mientras que Caín solo lo hace en respuesta a los celos que siente por su hermano y luego de haber tomado para sí la tierra (De cultivo); y finalmente Abel no pretende posesiones, mientras que Caín envidia todo del otro. Muy bien, si indagamos en estos hechos desde la perspectiva de materialidad o inmaterialidad, notamos que la condición de pastor de Abel no hace más que representar cierta armonía con el entorno. Él es un ser que no pretende modificar ni dominar a su hábitat material, sino que trata de habitarlo en armonía. El arreo de ovejas no supone una modificación material del medio en el cual habita. Abel no tiene intención ninguna de permanecer mucho tiempo entre la materia y no siente apego por ella. Sus ofrendas materiales no son más que una representación de este desapego (Y tanto las ofrendas en general como así también el diezmo instituido tiempo después, no son más que eso, un mandato de Dios para ver hasta que punto el hombre está dispuesto a desprenderse de sus vienes materiales en pos de dones espirituales. Por supuesto, esto fue rápidamente cooptado y manipulado doctrinalmente por los sacerdotes en beneficio propio), una forma de decirle a su Dios, renuncio a la materia pues mi anhelo es volver a tu seno. Abel representa la espiritualidad.
 Caín, en cambio es labrador. Él está consustanciado profundamente con la materialidad. Labrar un terreno implica modificarlo, hacerse de él en beneficio propio, derribar árboles, desviar cursos de ríos, etc. Cuando presenta sus ofrendas, estas son exposiciones de su apropiación del hábitat, y por ello son vistas con desagrado. Además él siente celos de Abel, lo cual también es un hecho de posesión, representa querer aquello que el otro posee, y las posesiones son netamente materiales. Caín no pretende renunciar a lo material, sino hacerse de ello. Caín representa la materia.
 Y de esta primera confrontación mítica entre el ser espiritual y el ser material, entre el bien y el mal, triunfa la voluntad de la materia, triunfa el mal; triunfa la permanencia en esta tierra de nadie material e imperfecta.
 Y allí se produce lo cual puede considerarse la primera manifestación real de castigo divino. El castigo a Adán y Eva esta sujeto a debate en tanto si fue tal, o fruto de la necesidad de la situación; pero aquí no cabe lugar a dudas que Dios maldice a Caín por el crimen y lo condena a una tierra que no le dará frutos y en la cual deberá vivir como errante. Cabe recordar aquí algo que suele obviarse manipuladoramente, y es que la maldición de Dios sobre Caín, esta puesta en un símbolo. Abel es el espíritu y Caín la materia, y por ende todo ser que sacrifica su espiritualidad en pos de un beneficio material es partícipe de su maldición. Por eso la respuesta de Dios fue clara y contundente; por un lado dice: Querías vivir en la materialidad, bueno esto te depara la materialidad. Y por otro, no solo condena el asesinato, sino que además este crimen representa la muerte de la espiritualidad a manos de la materialidad. En un mundo material, la materia tiene supremacía sobre el espíritu, y quien sede al mundo material cae en una pendiente en la cual, más temprano que tarde, termina matando al espíritu.

Las Civilizaciones


  Una de las primeras acciones de Caín luego de la muerte de su hermano, es la fundación de una ciudad (Henoc); quizás, el acto de materialismo más trascendente en la historia del hombre. Y he aquí una dura prueba que deberá sortear esta teoría sobre la concepción de materia vs espíritu. Si en efecto Dios no estaba de acuerdo con la evolución del hombre hacia una materialidad cada vez más definida, tendría que haber mostrado serios recelos ante la consubstanciación del hombre con la materia, de su arraigo con ella, de su (como nos muestra la leyenda de Caín) modificación material del medio ambiente en beneficio propio, y por ende de la construcción de grandes conglomerados humanos; ya que estos son una exacerbación del poderío material de los pueblos. Si leemos los textos santos compilados por los dogmáticos de la fe (sobre todo del éxodo en adelante), Dios, parece promover y apañar no solo la ramificación humana, sino también la conquista de territorios mediante el uso de la fuerza y la construcción material de grandes palacios, ciudades, templos, y monumentos. Sin embargo, como bien he aclarado, eso es cuanto dicen los compiladores, personas necesitadas de dominar materialmente a otras personas, con el uso de la espiritualidad. Pero si indagamos con cierta minuciosidad, sobre todo en los textos más antiguos, podemos ver que hay muchos indicios en contrario, que llegan a nuestros días. Y una vez más cabe el ejemplo: si tomamos trozos sueltos de las más terribles tragedias de Shakespeare, podríamos escribir una comedia romántica, pero si leemos con cuidado, notaremos el mensaje oculto de la pluma original.
El diluvio: El mito bíblico del diluvio es, quizá, la más grande demostración de la disconformidad de Dios para con el mundo material. He aquí una manifestación de arrepentimiento ante la creación, que suele colocar en un aprieto de difícil solución a la hora de defender la perfección de Dios. Si Dios es perfecto, entonces no comete errores, y si no hay error alguno en la creación de este mundo y sus criaturas ¿por qué arrepentirse de haberlo creado? Dicha contradicción entre perfección-arrepentimiento suele argumentarse, desde dentro de los dogmas, de mil formas; ninguna de las cuales logran resolverlo por completo. Sin embargo al leer libre de argumentaciones dogmáticas, se nos revela claramente que los autores originales no dicen que Dios se arrepiente del hombre, sino del hombre sobre la tierra, y no habla de destruir al hombre, sino de borrarlo de la faz de la tierra. Esto demuestra que Dios no busca destruir a su creación espiritual e inmaterial, sino solo a la degeneración en  carne de su creación espiritual e inmaterial. No sabemos, porque no hay nada en concreto, cual hubiese sido el fin del hombre, como creación inmaterial a imagen y semejanza de Dios, de haberse llevado a cabo una destrucción material absoluta  del mundo (sin salvaguardo de Noé), sin embargo podemos concluir (Por cuestiones que más adelante se comprenderán) que de haber sido así es muy probable que hubiéramos perdido toda redención.
 Es por esto mismo que Dios fija sus ojos en Noé, quien debe ser tomado, no como una persona real, sino como una representación del ser noble y abnegado en la voluntad de agradar a Dios, como forma de semejanza con aquel ser ideal del Edén al cual el creador busca preservar. Para sostener esta argumentación, vale mencionar que el nombre de Noé había sido puesto en referencia a que merced a él “serían liberados de la tierra maldecida por Dios”, y que además era descendiente de Set, hijo directo de Adán, quien vino a reemplazar a Abel y a su semblante simbólogico. Demostrando así que Dios no intenta subsanar un error cometido al crear al hombre, sino que está dando un primer paso en la liberación del hombre que representa el linaje de quien entendió el concepto creador de Dios, y de cuya consecuencia no puede librarse por sí mismo. Otra prueba sobre la no voluntad divina de destrucción total del hombre es que dentro del mito no hay ningún tipo de referencia sobre qué sucedería con el espíritu humano ante tal aniquilamiento, sino solo sobre las entidades materiales. Esto  no solo habla sobre la disconformidad de Dios por lo material centrando su enojo en ello mismo, sino que además revela que la destrucción total nunca estuvo en sus planes, pues de ser así tendría que haber alguna mención sobre qué sucedería a nivel espiritual (tal y como ocurre en el Apocalipsis).
 Así, Noé representa, por descendencia directa, el concepto de espiritualidad que será preservado en el arca; el resto del mundo es materialidad pura, y la voluntad del creador es detener esa imperfección. La alianza de Dios para con el hombre es clara desde esta perspectiva. A partir del diluvio, todos los habitantes del mundo serán descendientes directos de la espiritualidad de Set, mientras que los descendientes de la materialidad de Caín serán aniquilados. Así, todos, aún aquellos que cayesen en las garras de la obsecuencia a lo material, están sujetos a ser redimidos. El diluvio, simbológicamente,  no es más que la destrucción absoluta de un linaje material, elegido por voluntad propia de su ancestro directo (Caín), del cual nadie podría ser rescatado; en resguardo del otro, espiritual (Set), que, aun corrompiéndose a la postre, tendrá posibilidad de redención, pues la elección original hecha por propia voluntad, había sido la inmaterialidad original de la creación divina.
La torre de Babel: En la torre de Babel, se encuentra una de las manipulaciones doctrinarias más antiguas de la Biblia. Según nos han contado el pecado cometido por los constructores de la torre fue, únicamente, intentar llegar al cielo con ella para desafiar a Dios. Pero si indagamos en el relato, notamos que la torre, por sí misma, solo amerita un pequeño comentario. En realidad aquello que estaban construyendo, no era una torre, sino una ciudad; y la gran torre no era para desafiar a Dios, sino para que sus habitantes fueran reconocidos si abandonaban el país; como, por ejemplo, los de la ciudad de la torre. Siendo esto así, ¿por qué Dios se enojaría por dicha torre? He aquí la manipulación en el relato.
 Ya sea a sabiendas o por ignorancia, los compiladores de textos tuvieron que dotar de significado a un relato que, o bien iba en contra de sus intereses, o bien no comprendían. En contra de sus intereses, porque si Dios estaba castigando a los hombres por crear ciudades, cómo podrían ellos construirlas, habitarlas, y adornarlas con fastuosos templos. En contra de su entendimiento porque, si no entendían que Dios no quería que crearan ciudades, debían encontrar un por qué a la dispersión que diera origen a los distintos idiomas.
 Y he aquí otra argumentación a favor de la voluntad en contrario a las urbes. Los pobladores son, no solo diseminados, sino que también puestos a hablar en diferentes lenguas para que no continuaran con su labor. Es decir, Dios no solo destruye la ciudad que estaban creando, sino que además los dispersa irreconciliablemente para que no construyan otra. Así, podemos ver como un texto con un sentido enseñado a través de los siglos, cobra otro muy distinto, que también termina siendo muy incómodo para los dogmáticos que usufructúan la fe en pos de posesiones materiales, y templos ostentosos que, en algunos casos, terminan siendo ciudades en sí mismos.  
Sodoma y Gomorra: La historia de Sodoma y Gomorra es harto conocida, sin embargo hay ciertos detalles que suelen pasarse por alto, y demostrarían a las claras la voluntad divina contra los grandes conglomerados urbanos, por no ser más que vanagloria material de los pueblos. Lo primero digno de ser mencionado es que Abraham es notificado de cuanto va a suceder, porque pendía sobre el la promesa de convertir a sus descendientes en una gran nación. Y entonces tal suceso puede perfectamente ser tomado como advertencia, en tanto que instruyera a sus descendientes que Dios no veía con agrado la construcción de ciudades (También es de tener en cuenta que Abraham, jamás fundó o habitó una ciudad) Después de este hecho nos encontramos con los ángeles ya en la ciudad y aunque durante muchísimo tiempo se ha referido a los excesos de ese pueblo en torno a lo sexual, es mucho más fehaciente considerarlo desde el desprecio hacia los forasteros, como muchos en la actualidad argumentan (Y por ello mismo no me explayaré al respecto) ya que ello revela el desprecio hacia el hombre propiamente dicho; y el hombre es una creación de Dios que debe ser valorada.
 Sin embargo lo más significante en torno a la voluntad divina de no construir ciudades, está revelado en este mito, en lo que ocurre con Lot cuando es enviado fuera. Según el relato, los ángeles le ordenan que huya a las montañas pues allí estará a salvo; sin embargo Lot se niega. Y no solo se niega sino que además alega que: “a pesar de ser muy humilde… no puedo huir a las montañas”, e insiste con ir a una ciudad muy pequeña la cual, de tan pequeña, ni siquiera amerita ser destruida. Es decir, Lot, considera demasiada humillación el mandato de ir a las montañas, y solo está dispuesto a ir a otra ciudad, aclarando, quizá por conocer el descontento de Dios hacia las ciudades, que ésta es muy pequeña. La voluntad material del ser, es puesta de manifiesto en una negociación que revela cierta indulgencia de Dios, hacia la debilidad de la carne. Y el ángel termina aceptando no destruir esa ciudad y le permite refugiarse en ella. (Sin embargo, al final, Lot se refugia en las montañas, por lo cual el suceso antes descrito sería de mención innecesaria, si su significación no encerrara algo en sí misma)
 Pues bien, a parte de esto, la ciudad en cuestión no había sido mencionada anteriormente y sin embargo también sería destruida. Es decir, no solo las grandes y descarriadas Sodoma y Gomorra estaban sujetas a la ira de Dios, sino también, al menos una, pequeña e ignota ciudad más. Lot, argumenta a favor de la ciudad en cuestión, diciendo solo que es muy pequeña, y no que no es tan mala, lo cual también nos demuestra que el hecho condenable no estaba dado por una conducta de los moradores, sino por el solo hecho de ser una ciudad; y ya que era tan pequeña, la argumentación de Lot bien podría haber sido: Es tan chiquita que casi ni es una ciudad, sino un pueblo; entendiéndolo así el ángel y aceptando por esto, no solo el concederle ir allí, sino también el no destruirla.  
 Tampoco puede obviarse el genial broche de oro dado al mito, con la conversión en sal de su esposa al volver los ojos hacia atrás. La sal era, por mucho, uno de los valores materiales más grandes de la antigüedad y el cierre del relato es una moraleja perfecta: Quien vuelve sus ojos hacia la exacerbación de la materia, se vuelve materialidad pura.
Fin del Génesis: El fin del Génesis cierra un capítulo en el cual el mandato de Dios contra la materialidad y sus consecuencias parece haber sido comprendido en toda su magnitud. Prueba de ello es que los israelitas de este periodo histórico no fundaron ni construyeron ciudades, y jamás recibieron un mandato directo de Dios en tal respecto. Dios se refería a su futuro como una gran nación, pero jamás habló de construir ciudades para ello. Por esto mismo, si bien eran muchos, continuaban siendo pastores, como Abel; mayoritariamente nómadas, que vivían en tiendas o pequeños poblados. Mientras que muchos otros pueblos sí construían ciudades y algunos ya se conformaban como florecientes imperios. Los israelitas del génesis, sin embargo no construyeron ciudades ni aún al abitar en tierra egipcia, un fastuoso imperio.
  Como confirmación de esto, notamos al inicio del éxodo que, luego de ser reducidos a la condición de esclavos, la primera labor a la cual son forzados es la construcción de una ciudad. Pero no cualquier ciudad, sino la ciudad de Ramses, ubicada en la tierra que ellos venían habitando desde hacía décadas, y en la cual, ante la evidencia de este hecho, no habían edificado ciudad alguna. Por tal razón, es posible concluir que el Génesis es el libro referencial en cuanto al plan original de Dios para con los hombres. Y con el final del mismo, culmina un tiempo en el cual los escritores originales no estaban pendientes de la concepción dogmática, sino que su ahínco estaba puesto en la espiritualidad. 

Moisés y el dogma como institución de poder


  Con Moisés, podría decirse que comienza la utilización dogmática de la fe en el antiguo testamento. Si bien es menester salvaguardar la figura, mítica o no, de tan importante personaje bíblico, éste ya está fuera del más antiguo de los libros recopilados, y por ende su construcción conlleva ciertos rasgos de dogma inocultable, desde su concepción misma. Moisés, está fundando una nación, y como tal deberá darle leyes, moral, educación, etc. Es decir, Moisés escribe (Suponiendo que fuera él quien lo hiciera) porque necesitaba un dogma para gobernar a su pueblo. Por eso mismo con el éxodo comienza otro periodo en los llamados textos sagrados, uno en el cual la religión se institucionaliza y pasa a ser no solo la formadora moral de la nación, sino también su sistema legislativo, judicial, y educativo; en el cual se rige desde la rigurosidad en el ceremonial místico, hasta el tiempo y forma de las cosechas, pasando por la curación de los hongos de pared en una vivienda, o la recopilación histórica de la nación. Y todo ello no es más que dogma en mayúsculas. Como dije al principio de este trabajo, “cuando las sociedades empezaron a desarrollarse, las religiones, al ser las formadoras del individuo, tomaron la delantera en el manejo social. Y el poder de ello emanado, llevó a la necesidad de delinear determinados parámetros en las creencias, con el fin primordial de circunscribir dicho poder en las manos adecuadas”. Teniendo en cuenta que Moisés estaba guiando a su pueblo hacia la tierra prometida, no es de extrañar que cuando el momento de alcanzar ese territorio está llegando, es cuando comenzamos a notar un viraje (Por cuestiones que más adelante se verán) en la animosidad de Dios hacia la construcción de ciudades como representación de la materialidad desmedida de los pueblos. Tengamos también en cuenta que La Torá encierra en sí cinco libros que son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, siguiendo una estructura que; fundamentalmente concentra leyes, normas de conducta, pautas sociales y una enorme filosofía y poética; y pretende ser  más o menos histórica. Quizá por ello, al entramado histórico me refiero, el génesis es casi introductivo, siendo los otros cuatro los más trabajados a nivel dogmático, y más aún al acercarse en su viaje a su destino final.
 Este hecho encuentra su correlación en las biblias cristianas, donde los libros  del antiguo testamento (Si bien pueden ser más según la religión en cuestión) siguen el mismo principio y fundamento. Por esto, aún cuando podemos continuar encontrando pequeños trazos que abogan a favor del argumento de espiritualidad vs materialidad en estos libros; dado el origen dogmático de los mismos, ameritaría un trabajo demasiado extenso y controvertido que devendría en sendas argumentaciones tanto a favor como en contra (Por ejemplo que el hecho de no fundar ciudades estaba dado por el carácter nómada de los israelitas y no por una voluntad en contrario de Dios, a lo cual podría argumentarse que ¿si esto era así, por qué las referencias hacia la necesidad de destruir sistemáticamente ciudades de otros pueblos?). Por ello, basta con delinear un escueto semblante en los puntos referidos a continuación, para que el lector investigue y llegue a sus propias conclusiones. Por supuesto, sin perder de vista que dichos libros vienen siendo, no solo estructurados dogmáticamente, sino también traducidos, manipulados, revisados y corregidos, desde hace dos mil cuatrocientos años, y siempre  sosteniéndoselos por un férreo hermetismo, que llega casi hasta nuestros días.
1)      Moisés argumenta ante el faraón que Dios quiere sacar a su pueblo de Egipto (Una ciudad) para que pueda adorarlo en el desierto (No ciudad)
2)      El canto de Moisés dice que Dios los llevará a vivir a su montaña, y no a una ciudad fundada en su tierra prometida.
3)      El alimentarse y beber en el desierto merced a la voluntad de Dios, ante las quejas del pueblo que frente a cada dificultad duda de su Dios y referencia la vida segura en Egipto, podría estar marcando dos posturas antagónicas en pugna.
4)      Nunca dice que en el territorio que les dará deben construir ciudades.
5)      El santuario no es más que una tienda de campaña, y no un templo.
6)      La no construcción de ciudades no es fruto de su condición de nómadas, pues si fuera así, tampoco podrían sembrar y sin embargo Moisés escribe regulaciones al respecto.
7)      En la recuperación de tierras y casas, todos los israelitas obligados a vender por cuestiones de fuerza mayor, podrán recuperar sus vienes a la postre. Sin embargo quien posee una casa en una ciudad, tendrá solamente un año para recuperarla, pasado el cual la perderá definitivamente.
8)      Los israelitas piden ayuda a Dios para vencer a un rey Cananneo  y a cambio de esto le prometen destruir todas sus ciudades.
9)      En la guerra que le ganan al rey Sihón, cuando se apoderan de sus ciudades y se quedan a vivir en ellas, es en el primer momento (En el desarrollo cronológico del antiguo testamento) en el cual no hay referencia sobre que la acción esté dirigida por Dios; quien solo interviene después del hecho consumado, para decirles que sucederá lo mismo cuando enfrenten a Og, rey de Basan.
10)   Cuando Balaam es llamado para maldecir a Israel y termina bendiciéndolo por orden de Dios, en su segundo canto alaba las tiendas de campaña de los israelitas, mientras que en el tercero anuncia que estos destruirán todas las ciudades de sus enemigos.
11)   Cuando las tribus de Rubén y Gad eligen donde vivir y terminan construyendo allí sus ciudades, Moisés no lo consulta con Dios, sino con Josué, Eleazar y los sacerdotes de las tribus de Israel. Antes de esto Moisés consultaba con Dios hasta cuando era propicio lavarse las manos.
12)   Al llegar al capítulo 33 y hasta el final del libro Números, todos los capítulos parecen un anexo al libro original con el cual se le pone un fin al mismo. Es allí, en el capítulo 35, donde por primera vez aparece referencia directa de Dios, sobre la construcción o distribución de ciudades.
Es muy necesario aclarar aquí que no es intención de este autor cuestionar las leyes o mandatos morales de los escritos antes mencionados. La manipulación dogmática a la cual refiero no va en tal sentido. Era muy necesario para los israelitas y es muy necesario en general, que un pueblo tenga leyes y pautas morales, reveladas o no, con las cuales solventar su progreso y evolución. Sin dudas el aporte de Moisés (O de aquellos a quienes Moisés representa simbológicamente) al dotar a su pueblo de estas herramientas de civilidad, fue una tarea, no solo titánica, sino también encomiable. Mi argumentación no va en contra, ni de él en particular, ni de ninguna religión en especial, solo intento demostrar con argumentación más o menos sólida o consistente, que el deseo original de Dios estaba puesto en la no materialidad del hombre, y que al verse empañado ello por la desobediencia de Adán y Eva, su intención siempre fue mantener al ser humano lo más alejado posible de la corrupción material, para que la vuelta a la perfección espiritual primera, se diera, no solo cuanto antes, sino también de la forma menos traumática posible.
Conclusión: Ahora que queda más claro y fundamentado el argumento sobre el deseo inmaterial de Dios al crear al hombre, podemos adentrarnos en el fin primordial que persigue este escrito y es el por qué de la muerte y resurrección de Cristo.
 Dios quiere que el hombre sea redimido de su error. Es cuanto anhela desde el preciso momento en el cual encontró a Adán y Eva escondido entre los árboles (O justificando su falta) y es cuanto a intentado hacernos llegar a través de los tiempos. El ser material es la consecuencia del pecado original, y es por ello que todos llevamos esta carga al nacer materia. Las historias que nos llegan a través de los siglos nos muestran una y otra vez cómo la lucha del hombre siempre ha sido entre el espíritu y la materia, y el bien y el mal solo son manifestaciones de este principio. Sin embargo hay algo que el hombre no puede alcanzar por sí mismo, y es la incorporeidad. Podemos desprendernos de todo, renunciar a lo material, ofrendar todos nuestros bienes a Dios, o regalar todo cuanto poseemos a los pobres; pero mientras estemos aquí, seremos materia; y mientras seamos materia, y por más que hagamos cuanto hagamos, seguiremos sujetos a la consecuencia del pecado original… por nuestro cuerpo, por nuestra carne. 
  Sin embargo la muerte por sí misma no nos librará del apego a lo material. No serviría de nada volarse la cabeza de un balazo después de haber renunciado a todo; ni ayunar en oración hasta morir de hambre para desprendernos de este cuerpo buscando con ello agradar a Dios. Vale recordar en este momento que Dios es inmaterial, y por ello jamás podremos acceder a él desde una producción material, sino desde una espiritual. El acto de fe es simbológico, como simbológicos han sido siempre los mandatos divinos; y la restauración del plan original de Dios para con los hombres también se da por manifestación simbológica. El desapego a lo material es un símbolo de comunión con la deidad, pues esta es espíritu. Y la renuncia al cuerpo material consecuencia del pecado original, será también dada simbológicamente.