A todo esto, el
ser humano existe. Si bien los libros son siempre escritos por manos humanas,
no podemos obviar que esas manos están allí para escribir. El origen del hombre
sobre la tierra encuentra su argumentación en las más variadas teorías, que
podrían encuadrarse dentro de dos grupos; las evolutivas, y las creacionistas.
Sin embargo todas ellas hacen hincapié en algo secundario desde el punto de
vista espiritual, y es la corporeidad del ser. Toda teoría sobre el cómo o el
por qué del hombre en esta tierra, redunda en argumentación sobre cómo o por
qué medios Dios, o la madre naturaleza, nos generó humanos. Pero a saber de la
espiritualidad la cuestión física es un efecto secundario, un, si cabe el término,
daño colateral.
El hombre es un animal. Y ese hecho es
indiscutible. Habitamos un cuerpo animal, nos regimos por conductas animales, y
nuestro comportamiento social no es más que el
proceder de una manada. Aun sin distinciones de género podemos
simplificar en la ecuación de: El macho caza, la hembra cría, y ambos están
supeditados a un macho dominante que los gobierna. Si bien la racionalidad del
ser humano hace la diferencia con el resto de las especies, ésta nunca pudo
asimilar el hecho de estar encapsulada dentro de una estructura animal y optó
por negarla. Prueba de ello es el ahínco que durante siglos, las religiones han
puesto en separarnos del reino animal. Desde entonces, el animal que somos y
negamos, no ha tenido mayores dificultades en gobernarnos sin que nosotros le
pongamos grandes resistencias.
Pero el principio del hombre no es el momento
en el cual logramos asirnos de este cuerpo animal; aunque ese sea el principio
que nos han enseñado y el cual, aún las religiones, intentan explicar. Y si inquirimos
en esto, incluso dentro de los dogmas que se han construido a su alrededor,
podemos concluir que en la lectura de esos mismos dogmas, subyace una realidad
superior de los escritores originales, que no lograron ocultar quienes nos dominan
a través de la fe.
Hubo un momento, en el inicio de la existencia
humana, en el cual nuestra constitución era netamente espiritual y nuestro
raciocinio no se hallaba encerrado en ninguna estructura de contención animal.
En ese espacio de absoluta semejanza con la deidad y plena libertad, nuestra
alma no se encontraba en conflicto con el instinto, pues este le era ajeno.
Allí el ser humano era la perfecta manifestación de su creador y el plan de
Dios para con el hombre se hallaba completo y en perfecta armonía. Esta
apreciación de mi parte, como no podría ser de otro modo, está basada en los
llamados textos sagrados, y más precisamente en el Génesis. Pero, por supuesto,
para lograr entender el verdadero sentido simbológíco del relato, hay que dejar
de lado toda especulación y manipulación de los editores de La Torá y La Biblia
(Tanto la judía como la cristiana), e indagar en el mensaje que nos llega de
los autores originales de esta leyenda.
Según se cuenta en el relato, El Edén era un
jardín maravilloso diseñado para ser habitado y regido por el ser humano en
perfecta comunión con Dios. La única condición puesta por el creador, bajo pena
de muerte, era no probar el fruto del árbol prohibido. Pero un día aparece una
serpiente tentadora, habla con Eva, y todo se desbarranca en la precipitada
pendiente de la desobediencia. El ser humano es expulsado, el hombre condenado
a ganar el pan con el sudor de su frente, y la mujer a parir con dolor. Fin del
idilio filial, comienzo de la dura realidad de la vida.
Es necesario comprender aquí que el relato es
absolutamente inverosímil; no en tanto de no haber existido, sino en tanto de
no poder ser descrito. El hombre fue creado a imagen y semejanza de un Dios “inmaterial”,
por ende y por lo cual solo podía, en aquel principio, ser inmaterial; (adelante
argumentaré más al respecto) siendo el hombre inmaterial, no había necesidad
ninguna de crear un jardín material, con árboles materiales, animales
materiales y serpientes materiales, para que habitara en él “materialmente”. El
problema es que los autores de aquella época, así como los actuales, solo
pueden referir a lo inasible, comparándolo con lo existente, y la única manera
de describir el entorno de aquel relato era materializándolo (algo así como “Tus
ojos de cielo”). ¿Cómo describir algo que no puede verse, ni tocarse, ni olerse,
ni escucharse? No hay forma. Solo dotándolo de esas cualidades podremos
referirlo, y aunque al hacerlo lo estemos deformando mortalmente, solo así
lograremos comprenderlo.
De este modo podemos ver que el relato no
habla de un lugar, sino de las características de perfección de éste. Lo ubica
en cercanías de la zona más fértil del mundo conocido como forma de comparación
con lo bello, y lo puebla con todas las criaturas del mundo en referencia a la
magnificencia del Dios como supremo creador. Organiza la creación de todas las
cosas siguiendo los dictados de la lógica, y, aunque en la segunda parte
aparecen ciertas contradicciones en el orden creador, dichas divergencias
pueden cohabitar en cierta armonía. Allí, el hombre, que aún no es hombre, es
el regente. En sus manos, que aún no son manos, está puesto el cuidado de todas
las cosas, que por supuesto aún no son cosas. Le es dado un mandato: No probar
del árbol de la ciencia del bien y del mal, y, así mismo, ponerle nombre a
todas las criaturas. Detengámonos un instante en esto, ya que es de vital
importancia para desterrar ciertas teorías en torno a que aquel hombre del
edén, era un ser anodino, casi un muñeco de trapo que no debía probar aquel
fruto inmaterial para no pensar por sí mismo y así vivir dependiente de su Dios. Muchos creen
que, al ser el fruto en cuestión de un árbol de “ciencia” del bien y del mal,
la prohibición estaba dada en el pensamiento científico. Es decir en la voluntad
de pensar libremente. Sin embargo que existiera el mandato de nombrar a los
animales, derriba esa especulación porque la palabra es, en su condición más
elemental, manifestación del pensamiento. Al decirle al hombre que nombrara a
los seres a su cuidado, le estaba dando la orden de pensar; al nombrar, le daba
palabra, y al darle palabra pensamiento elaborado, lo cual redundaría, más
temprano que tarde en pensamiento propio, libre, y, por supuesto, también científico.
El hombre piensa en palabras, por lo tanto si habla piensa; nombrar, es hablar.
Si habla y piensa saca conclusiones, elabora, discierne, cuestiona e interroga.
Del interrogante viene el planteo y del planteo el pensamiento científico.
Dotar a algo de un nombre implica un pensamiento científico, pues debe tomarse
en cuenta las características de la cosa, la función que cumple, sus
propiedades, sus ventajas y desventajas, etc. Entonces decirle al hombre que
nombre a los animales es una conceptualización del razonamiento y nada más que
esto. Por lo tanto el hombre fue creado con, no solo la facultad del
pensamiento libre, independiente y científico, sino también con el mandato de
él.
Elevando esto un nivel más, y como forma de
reforzar esta teoría, podemos notar que también Dios piensa en palabras, pues
él nos crea a través de la palabra; palabra que es pensamiento, pensamiento que
es conciencia, conciencia que es existencia. Es decir que, en un punto, nosotros
existimos porque Dios, desde un planteo místico-filosófico, al nombrarnos tubo
conciencia de nosotros, y a la conciencia le sobrevino el existir. Pienso,
luego existo.
Volviendo al ser humano, otras pruebas que
refuerzan la teoría de la creación inmaterial, son: la muerte, el alimento, el
vestido y la procreación.
Muerte:
Dios asegura la muerte al probar el fruto, pero ni Adán ni Eva mueren al
hacerlo. De hecho, él no dice que morirán inmediatamente, sino solo que morirán;
lo cual, al continuar con vida, nos da la pauta que no se refería a la muerte
inmediata, sino a la muerte como destino insoslayable. La verdad es que, si
leemos librándonos del dogma que nos impusieron, notamos que Dios en ningún
momento hace una amenaza al hombre, sino solo una advertencia. Como al decirle
a un chico, no metas los dedos en el enchufe porque te morís; no se lo está
amenazando con la muerte, sino que se lo está advirtiendo sobre ella. Entonces,
si no lo está amenazando, y tampoco lo está matando inmediatamente, qué es aquello
qué está diciendo. Tan lisa y llanamente como eso, que va ha morir. Si va a
morir “en algún momento” después de probar aquel fruto, es porque antes de
probarlo no estaba en los planes de Dios que el hombre muriera; y esto por sí
mismo, argumenta a favor de la inmaterialidad de aquel hombre original creado
por Dios a su imagen y semejanza.
Obviando la absurda literalidad de este hecho,
comprendemos que si el hombre del edén era inmaterial, era inmortal por
definición, pues el espíritu no muere; entonces la advertencia de Dios venía a
referir que de la ingesta de aquel fruto, devendría la corporeidad del hombre,
y el cuerpo es finito. Por lo tanto, lo que Dios dice al hombre es: Vos sos
espíritu perfecto e inmortal pues fuiste creado a mi imagen y semejanza, si pruebas
de ese fruto corromperás mi creación y serás carne corrompida y perecedera.
Alimento:
Ahora bien; si el hombre era inmaterial, por qué Dios le dice con qué
alimentarse. Un ser inmaterial no necesita del alimento para mantenerse con
vida, pues el mismo solo es el combustible del cuerpo físico. Sin embargo, Dios
dice: de todo árbol cuyo fruto dé semilla comerás. E inmediatamente aclara que
los animales solo se alimentarán de hierba. Y aquí aparece una consideración
importante sobre la simbología utilizada por los escritores de aquel Edén
inmaterial. Si el jardín era inmaterial, entonces los árboles, los animales y
la hierba también lo eran, por lo tanto todo esto está realmente refiriendo a
otra cosa. Si el fruto prohibido estaba en el árbol de la ciencia del bien y
del mal, ha de ser porque el árbol, como género, esta representando cierto tipo
de ciencia o inteligencia; la inteligencia es como una semilla que rinde sus
frutos luego de germinada, y por analogía, podemos concluir que los frutos de
los cuales el hombre debe alimentarse son frutos intelectuales, inteligencia,
pensamiento, voluntad propia, que en definitiva es la expresión del alma humana;
o, para ser más metafísico, los frutos del espíritu. Otra vez Dios quiere que
el hombre piense por sí mismo, pues solo pensando podrá tener conciencia, y
solo teniendo conciencia puede existir. El mandato a los animales, está
utilizado por los autores de los textos solo a fin de diferenciarlos y
potenciar el concepto anterior. Y se refiere a que ellos carecerán de este don
o facultad, pues solo se alimentarán de hierba; de hierba, ni tan siquiera de su semilla (Y
mucho menos de un árbol o un fruto) por lo tanto no compartirán la inteligencia
del hombre, no serán espirituales, no tendrán conciencia, pues fueron puestos a
cargo del ser humano, la conciencia humana de su existencia les da el existir.
En definitiva, el alimento del fruto con semilla, no es otra cosa que el
alimento espiritual, tantas veces repetido a lo largo de toda la Biblia.
Sin embargo notamos que, al ser expulsados del
jardín, los autores le hacen decir a Dios: Ganarás el pan con el sudor de tu
frente. Esto no es solo el anticipo del sufrimiento del ser material, sino que
es también la afirmación que a partir de allí, el hombre se ha degradado. El
pan no solo debe ser manufacturado, sino que también se hace con harina, que no
es el fruto de un árbol, sino la semilla de una hierva. En conclusión el ser
humano ha mutado, y si bien conserva su inteligencia y espiritualidad (la
semilla del alimento) en esta transformación ha bajado al peldaño de la
existencia animal (La hierba de la cual se extrae esa semilla), es decir
material, rompiendo la perfección de la creación divina.
Vestido:
El vestido es, tal vez, la más irrefutable prueba del paso a la materialidad
del ser humano. Tanto Adán como Eva, lo primero que hacen al probar el fruto es
abrir los ojos y tomar conciencia de su desnudez. Contemplan la existencia
material y se ven desprovistos de ella. Ante esto se cubren con hojas de higuera,
es decir, intentan cubrir su desnudez con intelecto (la higuera es un árbol, y
los árboles, en el edén, eran conocimiento) pero no lo logran y entonces se
esconden, ¿dónde? entre los árboles; lo cual no viene a significar otra cosa
más que la utilización del conocimiento para justificarse, en vez de para
entenderse. Así los encuentra Dios al buscarlos, utilizando el entendimiento
para tapar sus ignorancias, y entonces sucede el primer hecho relevante en esta
relación; dialogan. Pero no hablan por hablar, sino que confrontan. Antes de
esto, no hubo diálogo alguno porque no hubo confrontación de ideas. Todo era
perfecto, y en esa perfección, la confrontación no existía; a partir de ahora
el hombre, vislumbra el quebranto de esa perfección, y su intelecto no logra
soportar el espanto del daño causado, ante esto argumenta un justificativo, es
decir, no utiliza su entendimiento para aclarar su ignorancia sino para esconderla.
Dios, puesto en la encrucijada de su creación corrompida, no tiene más remedio
que expulsarla de allí, pues de permanecer en ese jardín perfecto, contaminará
todo con su contemplación material.
Esto puede interpretarse del hecho que Dios
argumenta sobre la “necesidad” de evitar que prueben del fruto del árbol de la
vida. Dios, no “quiere” expulsar al hombre, sino que “debe” hacerlo o toda la perfección
del edén se perdería inevitablemente. Entonces, lo cubre con piel de animal; no
en tanto de hacerle un vestido, sino en tanto de proveerlo de un cuerpo, y lo
expulsa; otra vez, no castigándolo con las penurias por venir, sino
advirtiéndole sobre ellas.
Procreación:
Si el edén era perfecto, estaba concluido; la creación de Dios había terminado.
Era un círculo cerrado, principio y fin de un concepto divino. Nada nuevo debía
nacer allí, pues allí ya existía todo lo necesario a los fines de esa
perfección. Pero al romperse con la desobediencia interviene la materia. La
materia muta, evoluciona y se expande, es decir se reproduce. Del polvo cósmico
nacen las nebulosas y de ellas las estrellas y los planetas. Las células se
dividen y ramifican la vida. El hombre, cayó en las garras de la imperfección,
y ahora deberá luchar para salir de ella. Siendo materia, está condenado a la
mutación constante, a la evolución, a la reproducción. La mujer está condenada
a sufrir los dolores del parto, no porque en el edén esos dolores les serían
innecesarios, sino porque lo innecesario en el edén era parir. El espíritu no
se reproduce, solo la carne lo hace. En el edén inmaterial no había
nacimientos, en el mundo material sí los habrá.
Conclusión:
Ahora bien, la representación general de esta leyenda nos indica una verdad ineludible.
El hombre entró en el edén siendo inmaterial, pero salió de él siendo material.
Qué fue cuánto sucedió allí dentro, cuál es el significado real del árbol de la
ciencia del bien y del mal, de la serpiente, de la desobediencia, de la
costilla tomada, etc; es absolutamente subjetivo y está sujeto a cualquier
debate e interpretación. Pero el hecho insoslayable y trascendente, es que Dios
creó a un ser perfecto e inmaterial, y ese ser perfecto corrompió su perfección
materializándose.
Es decir, el hecho concluyente es que el
hombre material es un error, no estaba dentro de los planes de Dios, y es la
consecuencia directa del pecado original. Ese pecado original cometido solo por
Adán y Eva al probar la manzana, pero cuya consecuencia se manifiesta en todos
nosotros por el solo hecho de nacer materiales.