Una de las primeras acciones de Caín luego de
la muerte de su hermano, es la fundación de una ciudad (Henoc); quizás, el acto
de materialismo más trascendente en la historia del hombre. Y he aquí una dura
prueba que deberá sortear esta teoría sobre la concepción de materia vs espíritu.
Si en efecto Dios no estaba de acuerdo con la evolución del hombre hacia una
materialidad cada vez más definida, tendría que haber mostrado serios recelos
ante la consubstanciación del hombre con la materia, de su arraigo con ella, de
su (como nos muestra la leyenda de Caín) modificación material del medio
ambiente en beneficio propio, y por ende de la construcción de grandes
conglomerados humanos; ya que estos son una exacerbación del poderío material
de los pueblos. Si leemos los textos santos compilados por los dogmáticos de la
fe (sobre todo del éxodo en adelante), Dios, parece promover y apañar no solo
la ramificación humana, sino también la conquista de territorios mediante el
uso de la fuerza y la construcción material de grandes palacios, ciudades,
templos, y monumentos. Sin embargo, como bien he aclarado, eso es cuanto dicen
los compiladores, personas necesitadas de dominar materialmente a otras
personas, con el uso de la espiritualidad. Pero si indagamos con cierta
minuciosidad, sobre todo en los textos más antiguos, podemos ver que hay muchos
indicios en contrario, que llegan a nuestros días. Y una vez más cabe el
ejemplo: si tomamos trozos sueltos de las más terribles tragedias de
Shakespeare, podríamos escribir una comedia romántica, pero si leemos con
cuidado, notaremos el mensaje oculto de la pluma original.
El diluvio:
El mito bíblico del diluvio es, quizá, la más grande demostración de la
disconformidad de Dios para con el mundo material. He aquí una manifestación de
arrepentimiento ante la creación, que suele colocar en un aprieto de difícil
solución a la hora de defender la perfección de Dios. Si Dios es perfecto,
entonces no comete errores, y si no hay error alguno en la creación de este
mundo y sus criaturas ¿por qué arrepentirse de haberlo creado? Dicha
contradicción entre perfección-arrepentimiento suele argumentarse, desde dentro
de los dogmas, de mil formas; ninguna de las cuales logran resolverlo por
completo. Sin embargo al leer libre de argumentaciones dogmáticas, se nos
revela claramente que los autores originales no dicen que Dios se arrepiente
del hombre, sino del hombre sobre la tierra, y no habla de destruir al hombre,
sino de borrarlo de la faz de la tierra. Esto demuestra que Dios no busca
destruir a su creación espiritual e inmaterial, sino solo a la degeneración
en carne de su creación espiritual e
inmaterial. No sabemos, porque no hay nada en concreto, cual hubiese sido el
fin del hombre, como creación inmaterial a imagen y semejanza de Dios, de haberse
llevado a cabo una destrucción material absoluta del mundo (sin salvaguardo de Noé), sin
embargo podemos concluir (Por cuestiones que más adelante se comprenderán) que
de haber sido así es muy probable que hubiéramos perdido toda redención.
Es por esto mismo que Dios fija sus ojos en
Noé, quien debe ser tomado, no como una persona real, sino como una
representación del ser noble y abnegado en la voluntad de agradar a Dios, como
forma de semejanza con aquel ser ideal del Edén al cual el creador busca
preservar. Para sostener esta argumentación, vale mencionar que el nombre de
Noé había sido puesto en referencia a que merced a él “serían liberados de la
tierra maldecida por Dios”, y que además era descendiente de Set, hijo directo
de Adán, quien vino a reemplazar a Abel y a su semblante simbólogico. Demostrando
así que Dios no intenta subsanar un error cometido al crear al hombre, sino que
está dando un primer paso en la liberación del hombre que representa el linaje
de quien entendió el concepto creador de Dios, y de cuya consecuencia no puede
librarse por sí mismo. Otra prueba sobre la no voluntad divina de destrucción
total del hombre es que dentro del mito no hay ningún tipo de referencia sobre
qué sucedería con el espíritu humano ante tal aniquilamiento, sino solo sobre
las entidades materiales. Esto no solo habla
sobre la disconformidad de Dios por lo material centrando su enojo en ello
mismo, sino que además revela que la destrucción total nunca estuvo en sus
planes, pues de ser así tendría que haber alguna mención sobre qué sucedería a
nivel espiritual (tal y como ocurre en el Apocalipsis).
Así, Noé representa, por descendencia directa,
el concepto de espiritualidad que será preservado en el arca; el resto del
mundo es materialidad pura, y la voluntad del creador es detener esa
imperfección. La alianza de Dios para con el hombre es clara desde esta
perspectiva. A partir del diluvio, todos los habitantes del mundo serán descendientes
directos de la espiritualidad de Set, mientras que los descendientes de la materialidad
de Caín serán aniquilados. Así, todos, aún aquellos que cayesen en las garras
de la obsecuencia a lo material, están sujetos a ser redimidos. El diluvio,
simbológicamente, no es más que la
destrucción absoluta de un linaje material, elegido por voluntad propia de su
ancestro directo (Caín), del cual nadie podría ser rescatado; en resguardo del
otro, espiritual (Set), que, aun corrompiéndose a la postre, tendrá posibilidad
de redención, pues la elección original hecha por propia voluntad, había sido
la inmaterialidad original de la creación divina.
La torre de Babel: En la torre de Babel, se encuentra una de las
manipulaciones doctrinarias más antiguas de la Biblia. Según nos han contado el
pecado cometido por los constructores de la torre fue, únicamente, intentar
llegar al cielo con ella para desafiar a Dios. Pero si indagamos en el relato,
notamos que la torre, por sí misma, solo amerita un pequeño comentario. En
realidad aquello que estaban construyendo, no era una torre, sino una ciudad; y
la gran torre no era para desafiar a Dios, sino para que sus habitantes fueran
reconocidos si abandonaban el país; como, por ejemplo, los de la ciudad de la
torre. Siendo esto así, ¿por qué Dios se enojaría por dicha torre? He aquí la
manipulación en el relato.
Ya sea a sabiendas o por ignorancia, los
compiladores de textos tuvieron que dotar de significado a un relato que, o
bien iba en contra de sus intereses, o bien no comprendían. En contra de sus
intereses, porque si Dios estaba castigando a los hombres por crear ciudades,
cómo podrían ellos construirlas, habitarlas, y adornarlas con fastuosos
templos. En contra de su entendimiento porque, si no entendían que Dios no
quería que crearan ciudades, debían encontrar un por qué a la dispersión que
diera origen a los distintos idiomas.
Y he aquí otra argumentación a favor de la
voluntad en contrario a las urbes. Los pobladores son, no solo diseminados,
sino que también puestos a hablar en diferentes lenguas para que no continuaran
con su labor. Es decir, Dios no solo destruye la ciudad que estaban creando,
sino que además los dispersa irreconciliablemente para que no construyan otra.
Así, podemos ver como un texto con un sentido enseñado a través de los siglos,
cobra otro muy distinto, que también termina siendo muy incómodo para los dogmáticos
que usufructúan la fe en pos de posesiones materiales, y templos ostentosos
que, en algunos casos, terminan siendo ciudades en sí mismos.
Sodoma y Gomorra: La
historia de Sodoma y Gomorra es harto conocida, sin embargo hay ciertos
detalles que suelen pasarse por alto, y demostrarían a las claras la voluntad
divina contra los grandes conglomerados urbanos, por no ser más que vanagloria
material de los pueblos. Lo primero digno de ser mencionado es que Abraham es notificado
de cuanto va a suceder, porque pendía sobre el la promesa de convertir a sus
descendientes en una gran nación. Y entonces tal suceso puede perfectamente ser
tomado como advertencia, en tanto que instruyera a sus descendientes que Dios
no veía con agrado la construcción de ciudades (También es de tener en cuenta
que Abraham, jamás fundó o habitó una ciudad) Después de este hecho nos
encontramos con los ángeles ya en la ciudad y aunque durante muchísimo tiempo
se ha referido a los excesos de ese pueblo en torno a lo sexual, es mucho más
fehaciente considerarlo desde el desprecio hacia los forasteros, como muchos en
la actualidad argumentan (Y por ello mismo no me explayaré al respecto) ya que
ello revela el desprecio hacia el hombre propiamente dicho; y el hombre es una
creación de Dios que debe ser valorada.
Sin embargo lo más significante en torno a la
voluntad divina de no construir ciudades, está revelado en este mito, en lo que
ocurre con Lot cuando es enviado fuera. Según el relato, los ángeles le ordenan
que huya a las montañas pues allí estará a salvo; sin embargo Lot se niega. Y
no solo se niega sino que además alega que: “a pesar de ser muy humilde… no
puedo huir a las montañas”, e insiste con ir a una ciudad muy pequeña la cual,
de tan pequeña, ni siquiera amerita ser destruida. Es decir, Lot, considera
demasiada humillación el mandato de ir a las montañas, y solo está dispuesto a
ir a otra ciudad, aclarando, quizá por conocer el descontento de Dios hacia las
ciudades, que ésta es muy pequeña. La voluntad material del ser, es puesta de
manifiesto en una negociación que revela cierta indulgencia de Dios, hacia la
debilidad de la carne. Y el ángel termina aceptando no destruir esa ciudad y le
permite refugiarse en ella. (Sin embargo, al final, Lot se refugia en las
montañas, por lo cual el suceso antes descrito sería de mención innecesaria, si
su significación no encerrara algo en sí misma)
Pues bien, a parte de esto, la ciudad en
cuestión no había sido mencionada anteriormente y sin embargo también sería
destruida. Es decir, no solo las grandes y descarriadas Sodoma y Gomorra
estaban sujetas a la ira de Dios, sino también, al menos una, pequeña e ignota
ciudad más. Lot, argumenta a favor de la ciudad en cuestión, diciendo solo que
es muy pequeña, y no que no es tan mala, lo cual también nos demuestra que el
hecho condenable no estaba dado por una conducta de los moradores, sino por el
solo hecho de ser una ciudad; y ya que era tan pequeña, la argumentación de Lot
bien podría haber sido: Es tan chiquita que casi ni es una ciudad, sino un
pueblo; entendiéndolo así el ángel y aceptando por esto, no solo el concederle
ir allí, sino también el no destruirla.
Tampoco puede obviarse el genial broche de oro
dado al mito, con la conversión en sal de su esposa al volver los ojos hacia
atrás. La sal era, por mucho, uno de los valores materiales más grandes de la
antigüedad y el cierre del relato es una moraleja perfecta: Quien vuelve sus
ojos hacia la exacerbación de la materia, se vuelve materialidad pura.
Fin del Génesis: El fin
del Génesis cierra un capítulo en el cual el mandato de Dios contra la
materialidad y sus consecuencias parece haber sido comprendido en toda su
magnitud. Prueba de ello es que los israelitas de este periodo histórico no
fundaron ni construyeron ciudades, y jamás recibieron un mandato directo de
Dios en tal respecto. Dios se refería a su futuro como una gran nación, pero
jamás habló de construir ciudades para ello. Por esto mismo, si bien eran
muchos, continuaban siendo pastores, como Abel; mayoritariamente nómadas, que
vivían en tiendas o pequeños poblados. Mientras que muchos otros pueblos sí
construían ciudades y algunos ya se conformaban como florecientes imperios. Los
israelitas del génesis, sin embargo no construyeron ciudades ni aún al abitar
en tierra egipcia, un fastuoso imperio.
Como
confirmación de esto, notamos al inicio del éxodo que, luego de ser reducidos a
la condición de esclavos, la primera labor a la cual son forzados es la
construcción de una ciudad. Pero no cualquier ciudad, sino la ciudad de Ramses,
ubicada en la tierra que ellos venían habitando desde hacía décadas, y en la
cual, ante la evidencia de este hecho, no habían edificado ciudad alguna. Por
tal razón, es posible concluir que el Génesis es el libro referencial en cuanto
al plan original de Dios para con los hombres. Y con el final del mismo,
culmina un tiempo en el cual los escritores originales no estaban pendientes de
la concepción dogmática, sino que su ahínco estaba puesto en la espiritualidad.
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