Después de lo
antes escrito, continuar en argumentaciones sobre la espiritualidad Vs la materialidad sería
redundar en los conceptos. Sin embargo, es necesario observar que con la venida
del Cristo, dicha noción no cambia, sino que se refuerza, y para ello, debemos
citar algunos pocos ejemplos más, de los muchos que hay.
Si bien el nacimiento de Cristo en un entorno
tan austero como un establo, es tomado por sí mismo como prueba irrefutable del
origen humilde de su familia, y podría ser utilizado por este autor para avalar
sus dichos, no sería sensato aprovechar tamaña inexactitud para fundamentar la
teoría que aquí propongo. Si bien José, no era un hombre rico, distaba mucho de
ser pobre. Un carpintero, en la época que referimos era un artesano, y un
artesano estaba en un estamento superior al de las clases bajas, como sí podían
serlo un arriero, o un labrador. Un artesano era, en aquellos años, lo que hoy
podría cuadrarse dentro de una clase media bien plantada. Es decir, a Jesús, no
le faltaría la comida al dedicarse a la prédica, pues el negocio familiar
podría permitirle ese tipo de actividades. Sin embargo, el plantear el
nacimiento en un pesebre, lejos de toda comodidad material, y en un entorno de
absoluto desposeimiento, no es casual. Si bien, (Haya sido así o no) la
situación está provocada por una cuestión de fuerza mayor, el simbolismo de
dicho escenario es claro, y quien contó la historia de ese modo no podía ser
ajeno a su significación. El Cristo venía a nacer en la antitesis de la
materialidad. Desprovisto de cualquier lujo o comodidad, y su entrada a un
cuerpo animal, se daba en el entorno adecuado; un establo. Se podrá decir que
inmediatamente de acontecido este hecho, y para intentar refutar esta
argumentación, la historia nos cuenta la irrupción de unos reyes magos con
valiosísimos regalos; pero tengamos en cuenta que el significado de esos
personajes pone el acento en una peculiaridad muy subestimada, por no decir
maliciosamente ignorada; los reyes, no solo eran reyes; sino que también eran
magos. Magos (Podemos afirmar) no en tanto de hechiceros, sino de sabios. Y
entonces la relatividad de este hecho en torno a la historia cambia
sustancialmente. Los sabios no le daban regalos al recién nacido para
salvaguardar su infancia humilde; sino que estaban representando en ello, la
claudicación de lo material (Oro, mirra e incienso. Elementos sumamente
valiosos, de sobre los cuales no escapan otras interpretaciones también
acertadas) por sobre lo espiritual (El Dios nacido hombre).
Así, tenemos a un niño que es la
representación máxima de la espiritualidad, naciendo en un cuerpo animal en un
entorno propio de los animales, reconocido por los sabios que lo saludan, y
ponen a sus pies lo material del mundo. Es decir, El Cristo (Dios hecho hombre)
viene al mundo material, a poner bajo sus pies a la materia.
Juan el Bautista: En Juan el Bautista
tenemos otro fuerte baluarte de esta teoría. Suele tomarse como hecho sobre
saliente de esta historia, el bautismo de Jesucristo, lo cual lo es sin el más
mínimo lugar a dudas; sin embargo más allá de este acontecimiento en concreto,
hay otro de absoluta relevancia, que queda completamente eclipsado por el
primero. Y es la figura de Juan el Bautista, y su significación espiritual, más
allá del dogma religioso o el fin concerniente al exclusivo del relato. Juan
era un asceta, vivía en el desierto, vestía con pieles de camello y comía miel
y langostas. Es decir, había renunciado absolutamente a todo lo material. Pero
Juan ni es un personaje más dentro de la historia, ni es un predicador más
vagando por el desierto en el contexto histórico al cual el relato refiere.
Juan es el referente obligado de toda la espiritualidad disidente de la época.
Es el ser humano, considerado por las masas, como el más cercano a Dios el
altísimo. Y es, a ojos del mismo Dios, quien ha preparado el camino para el que
ha de venir. La máxima representación espiritual antes de Jesucristo es un
hombre, que ha dejado la ciudad, ha dejado el resguardo de una casa, el abrigo
de un vestido y casi no se alimenta. Es decir que la expresión más cercana al
agrado de Dios, inmediatamente antes de Cristo, era un hombre llevando la
renuncia a lo material al límite de lo soportable para mantenerse con vida. Si
ello no es prueba suficiente del disgusto de Dios con la materia, al menos
debería ser considerado como algo sobre lo cual detener nuestra atención.
Podría objetarse aquí que Dios pretenda para
sí a un pueblo famélico y abandonado a la suerte del desierto, y sin dudas es
objetable. Sin embargo, debemos comprender que en primer lugar, la madurez
intelectual de un hombre hace más de dos mil años, no es la misma que hoy, y es
seguro que la tendencia natural del ser humano a los extremos, estuviera mucho
más exacerbada entonces que ahora; y en segundo lugar, todo el plan divino a
partir de la salida del edén de Adán y Eva, adquiere su dimensión final, luego
de la muerte de Cristo; y muchas de las cosas que antes de él eran de necesidad
irreductible, después de él dejaron de ser necesarias.
Las tentaciones: Los
cuarenta días en el desierto tienen una connotación espiritual, mística y
filosófica mucho más profunda que la simple rivalidad entre la materia y el
espíritu, y ahondar en ello sería demasiado extenso, repetitivo e irrelevante
para el desarrollo planteado aquí. Sin embargo, y más allá de esto, hay algo de
vital trascendencia que no puede ser pasado por alto, y en lo cual generalmente
no se recala con profundidad. Cuando llega el momento en el cual el diablo
tienta a Jesús con todas las riquezas del mundo, los autores originales del
relato le hacen decir algo de una significación extraordinaria: “Porque a mi me
han sido dados (Todos los reinos del mundo) y yo los doy a quien quiero” He
aquí que tenemos al representante máximo de todo lo malo, artero y
despreciable, diciendo que todos los reinos del mundo (Y en representación de
ellos todas las riquezas, pues esto es cuanto le está ofreciendo) le fueron
dados a él, y es él quien administra esto como mejor le conviene. Como dicen
los abogados: A confesión de partes relevo de pruebas. Si todos los reinos fueron
dados a la representación más acabada de la maldad en el mundo, es porque todas
las riquezas materiales son intrínseca e indivisiblemente representativas de
esta maldad, y por lo tanto, jamás pueden ser del agrado de Dios.
El diablo, es decir la serpiente del edén,
representa simbológicamente el tropiezo de Adán y Eva, y su entrada en la historia
conduce a la materialidad del hombre, por ello es él el representante de lo
material; y es él quien administra lo material. Es decir, el diablo es, desde
su primera aparición, una representación antropomórfica de la caída en lo
material; y esto no hace más que confirmarlo. La ecuación simplificada sería:
Materia = Maldad = Diablo; Espíritu = Bondad = Dios.
La prédica: Es imposible detenerse en la prédica de Jesucristo
sin excederse mucho más allá de lo conveniente a los fines de este trabajo, y
es por ello que no lo haremos. Más allá de esto, cabe resaltar las innumerables
menciones que hace acerca del concepto que la deidad guarda de los bienes
materiales, y que, por extensión, él mismo tiene sobre estos. Que su pueblo
estaba entre los pobres no es ninguna novedad, sin embargo no se pone tanto
ahínco en resaltar la sistemática renuncia a todo lo material que exigía a sus
seguidores. No en los términos en los cuales las religiones de hoy lo
practican, desde el concepto en el cual (Convenientemente) renunciar a las
riquezas es entregarlas a la iglesia para que esta las administre con justicia;
sino desde un desprendimiento total y absoluto, repartiendo a los pobres directamente
y en persona de lo que tenían, sin ninguna intervención clerical, y en la
conciencia plena que sería Dios quien proveería de lo necesario para vivir. El
mismo padre nuestro es un claro ejemplo de esto; donde la única petición
material realizada por Jesús, en la única oración dejada por él, es el pan de
cada día. No pide una túnica, no pide un camello para transportarse, no pide
sandalias nuevas o resistentes, bajo excusa de predicar mejor la palabra;
tampoco pide pan para toda la vida, ni pide pan para comer una semana, o un
mes, o un año; sino que pide el pan que necesitará para comer ese día. A cada
hombre rico, o medianamente rico que se le acerca, le dice que debe repartir su
riqueza entre los pobres para seguirlo; pues nadie puede servir a dos señores
(Trayendo nuevamente el concepto Materia = Maldad = Diablo; Espíritu = Bondad =
Dios). Y también que ningún hombre rico entrará al reino de Dios, siendo
categórico en esto cuando utiliza el famoso simbolismo del camello por el ojo
de la aguja, para referirse a un hombre que, aún siendo bueno y cumpliendo con
la ley de Moisés y los mandamientos de Dios, no puede desprenderse de su riqueza.
Sin embargo, y más allá de esto; hay otra
afirmación categórica que Jesucristo comienza a hacer, la cual, aunque en
primera instancia parezca no tener que ver con esto, podremos ver como sí. Esta
afirmación es que nadie entrará al reino (Siendo el reino la representación de
la salvación) si no toma la cruz y lo sigue, o si no muere con el en la cruz.
El cuerpo de Cristo: Cuando el cuerpo de
Cristo es colgado en la cruz, está solo. A excepción de los ladrones a su lado,
si es cierto esto, no hay nadie con el. Ni uno solo de sus tantos seguidores
fue aprehendido en esa noche siniestra, y ninguno corrió a entregarse o
intentar rescatarlo. Es decir, si para ser salvo había que morir con él en la
cruz, pues entonces ni sus seguidores más cercanos, aquellos que caminaron a su
lado y vieron con sus propios ojos la infinidad de milagros realizados, serían
salvos. Pero, por supuesto, todos sabemos que ello no es literal, que
Jesucristo no quería que nadie muriera con él “literalmente” ese día, y que
esto es un símbolo, una representación de… ¿de qué?
Muy bien, volvamos al concepto materia vs
espíritu. Cuando Adán y Eva prueban la manzana del árbol prohibido, la creación
de Dios es corrompida materialmente. Esta corrupción trajo consigo la
decadencia de la creación toda, en una existencia material imperfecta y muy
lejana del plan original. La consecuencia de esto fue, sin lugar a dudas,
descender del peldaño de la espiritualidad al del ser animal. El hombre se hizo
hombre, vistió la imagen de Dios en él con un armazón corporal de carne y
hueso. El primer síntoma de arrepentimiento ante esto debía ser dado por el
hombre, y a ello fue Abel, habitando su ecosistema natural sin modificarlo, sin
hacerlo suyo y sin apego hacia él, y desprendiéndose de lo más bello y valioso
que la materialidad podía brindarle para ofrendarlo a Dios, como un claro
mensaje de la comprensión del deseo Divino. Pero, a pesar de esto, y de todo
cuanto sucedió después, el hombre podía, habiendo entendido el concepto divino
de la no materialidad original, desprenderse de absolutamente todo para agradar
a Dios, (Como es el caso de Juan el Bautista) pero siempre habría algo de lo
cual no podría desprenderse, y por lo cual el regreso al plan primigenio sería
imposible. Esto era la consecuencia directísima de su desobediencia; esto era
el pecado original con el cual todos inevitablemente nacemos; esto era el
cuerpo humano material.
Un hombre, podía ser fiel a Dios, podía ayudar
a los pobres, cuidar a los enfermos, repartir hasta el último mendrugo de pan,
pero jamás podría dejar de ser un cuerpo material. Esa consecuencia en nosotros
de aquella primera desobediencia, era, es, y será mientras nazcan hombres en el
mundo, imposible de subsanar por nosotros mismos; por más que respetemos todas
las leyes y mandamientos de Dios. Siempre, por más que nos esforcemos en la
bondad y el desinterés, seremos un cuerpo sobre esta tierra y por ello, la
consecuencia de ese primer pecado original sigue vigente en nosotros. Tenía que
suceder algo, un hecho puntual, por el cual nosotros pudiéramos morir a la
materia sin la necesidad implícita de destruir nuestro cuerpo. Y otra vez, como
siempre lo a sido, los simbolismos: “Solo quien muere conmigo en la cruz verá
el reino”
La muerte y resurrección: La muerte de
Cristo es, en la literalidad del hecho, en soledad. Sin embargo,
simbológicamente hablando, él no muere solo, sino que toda la humanidad está
muriendo con él. Carga en sí con los pecados del mundo, esto no es porque él
está salvando indistintamente a todos los hombres, sino porque está representando simbológicamente la
existencia humana material, él es, en ese lugar y en ese momento, todos los
hombres del mundo. Él, siendo Dios, se hizo hombre, pues solo él, siendo Dios,
podía destruir a un hombre sin ser condenado por ello. Al destruir físicamente
el (los) cuerpo, corta los lazos del espíritu con la materia y gana la guerra
del bien contra el mal (Espíritu vs materia) resucitando en el reino; que no es
otra cosa que el plan original de Dios antes de la caída del hombre. Jesús, el
hombre, redimido de la materia por sus actos en vida, es finalmente redimido en
la muerte por librarse de ese cuerpo que lo ligaba a ella más allá de él mismo,
y resucita a una vida nueva, libre de la corrupción material. Jesús, el Dios
nacido en la carne, tiene el poder de, merced a la fe de sus seguidores, ser el
cuerpo de esos cuerpos que, habiéndolo seguido aceptan morir con él en la cruz,
haciendo suya esa muerte, para resucitar a su nueva vida en el nuevo edén. De
esta forma, el ciclo de la caída se cumple con la redención. El hombre que
niega libre y soberanamente la materia, ya, ni se afana por ella, ni necesita vagar
por el desierto y alimentarse con langostas, pues sabe que lo material es solo
una consecuencia temporaria de un pecado original del cual ya fue redimido al
aceptar por voluntad propia (Es decir, por libre manifestación del alma) que,
en la muerte del Cristo, su propio cuerpo animal murió también, y el espíritu
fue liberado para renacer libre de ese pecado original. Literalmente aún somos
materia, pues continuamos vivos en este mundo, (Al igual que Cristo al
resucitar) pero simbológicamente ya hemos dejado de serlo.
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