domingo, 1 de julio de 2012

El advenimiento del Cristo


Después de lo antes escrito, continuar en argumentaciones sobre  la espiritualidad Vs la materialidad sería redundar en los conceptos. Sin embargo, es necesario observar que con la venida del Cristo, dicha noción no cambia, sino que se refuerza, y para ello, debemos citar algunos pocos ejemplos más, de los muchos que hay.
 Si bien el nacimiento de Cristo en un entorno tan austero como un establo, es tomado por sí mismo como prueba irrefutable del origen humilde de su familia, y podría ser utilizado por este autor para avalar sus dichos, no sería sensato aprovechar tamaña inexactitud para fundamentar la teoría que aquí propongo. Si bien José, no era un hombre rico, distaba mucho de ser pobre. Un carpintero, en la época que referimos era un artesano, y un artesano estaba en un estamento superior al de las clases bajas, como sí podían serlo un arriero, o un labrador. Un artesano era, en aquellos años, lo que hoy podría cuadrarse dentro de una clase media bien plantada. Es decir, a Jesús, no le faltaría la comida al dedicarse a la prédica, pues el negocio familiar podría permitirle ese tipo de actividades. Sin embargo, el plantear el nacimiento en un pesebre, lejos de toda comodidad material, y en un entorno de absoluto desposeimiento, no es casual. Si bien, (Haya sido así o no) la situación está provocada por una cuestión de fuerza mayor, el simbolismo de dicho escenario es claro, y quien contó la historia de ese modo no podía ser ajeno a su significación. El Cristo venía a nacer en la antitesis de la materialidad. Desprovisto de cualquier lujo o comodidad, y su entrada a un cuerpo animal, se daba en el entorno adecuado; un establo. Se podrá decir que inmediatamente de acontecido este hecho, y para intentar refutar esta argumentación, la historia nos cuenta la irrupción de unos reyes magos con valiosísimos regalos; pero tengamos en cuenta que el significado de esos personajes pone el acento en una peculiaridad muy subestimada, por no decir maliciosamente ignorada; los reyes, no solo eran reyes; sino que también eran magos. Magos (Podemos afirmar) no en tanto de hechiceros, sino de sabios. Y entonces la relatividad de este hecho en torno a la historia cambia sustancialmente. Los sabios no le daban regalos al recién nacido para salvaguardar su infancia humilde; sino que estaban representando en ello, la claudicación de lo material (Oro, mirra e incienso. Elementos sumamente valiosos, de sobre los cuales no escapan otras interpretaciones también acertadas) por sobre lo espiritual (El Dios nacido hombre).
 Así, tenemos a un niño que es la representación máxima de la espiritualidad, naciendo en un cuerpo animal en un entorno propio de los animales, reconocido por los sabios que lo saludan, y ponen a sus pies lo material del mundo. Es decir, El Cristo (Dios hecho hombre) viene al mundo material, a poner bajo sus pies a la materia.
Juan el Bautista: En Juan el Bautista tenemos otro fuerte baluarte de esta teoría. Suele tomarse como hecho sobre saliente de esta historia, el bautismo de Jesucristo, lo cual lo es sin el más mínimo lugar a dudas; sin embargo más allá de este acontecimiento en concreto, hay otro de absoluta relevancia, que queda completamente eclipsado por el primero. Y es la figura de Juan el Bautista, y su significación espiritual, más allá del dogma religioso o el fin concerniente al exclusivo del relato. Juan era un asceta, vivía en el desierto, vestía con pieles de camello y comía miel y langostas. Es decir, había renunciado absolutamente a todo lo material. Pero Juan ni es un personaje más dentro de la historia, ni es un predicador más vagando por el desierto en el contexto histórico al cual el relato refiere. Juan es el referente obligado de toda la espiritualidad disidente de la época. Es el ser humano, considerado por las masas, como el más cercano a Dios el altísimo. Y es, a ojos del mismo Dios, quien ha preparado el camino para el que ha de venir. La máxima representación espiritual antes de Jesucristo es un hombre, que ha dejado la ciudad, ha dejado el resguardo de una casa, el abrigo de un vestido y casi no se alimenta. Es decir que la expresión más cercana al agrado de Dios, inmediatamente antes de Cristo, era un hombre llevando la renuncia a lo material al límite de lo soportable para mantenerse con vida. Si ello no es prueba suficiente del disgusto de Dios con la materia, al menos debería ser considerado como algo sobre lo cual detener nuestra atención.
 Podría objetarse aquí que Dios pretenda para sí a un pueblo famélico y abandonado a la suerte del desierto, y sin dudas es objetable. Sin embargo, debemos comprender que en primer lugar, la madurez intelectual de un hombre hace más de dos mil años, no es la misma que hoy, y es seguro que la tendencia natural del ser humano a los extremos, estuviera mucho más exacerbada entonces que ahora; y en segundo lugar, todo el plan divino a partir de la salida del edén de Adán y Eva, adquiere su dimensión final, luego de la muerte de Cristo; y muchas de las cosas que antes de él eran de necesidad irreductible, después de él dejaron de ser necesarias.
Las tentaciones: Los cuarenta días en el desierto tienen una connotación espiritual, mística y filosófica mucho más profunda que la simple rivalidad entre la materia y el espíritu, y ahondar en ello sería demasiado extenso, repetitivo e irrelevante para el desarrollo planteado aquí. Sin embargo, y más allá de esto, hay algo de vital trascendencia que no puede ser pasado por alto, y en lo cual generalmente no se recala con profundidad. Cuando llega el momento en el cual el diablo tienta a Jesús con todas las riquezas del mundo, los autores originales del relato le hacen decir algo de una significación extraordinaria: “Porque a mi me han sido dados (Todos los reinos del mundo) y yo los doy a quien quiero” He aquí que tenemos al representante máximo de todo lo malo, artero y despreciable, diciendo que todos los reinos del mundo (Y en representación de ellos todas las riquezas, pues esto es cuanto le está ofreciendo) le fueron dados a él, y es él quien administra esto como mejor le conviene. Como dicen los abogados: A confesión de partes relevo de pruebas. Si todos los reinos fueron dados a la representación más acabada de la maldad en el mundo, es porque todas las riquezas materiales son intrínseca e indivisiblemente representativas de esta maldad, y por lo tanto, jamás pueden ser del agrado de Dios.
 El diablo, es decir la serpiente del edén, representa simbológicamente el tropiezo de Adán y Eva, y su entrada en la historia conduce a la materialidad del hombre, por ello es él el representante de lo material; y es él quien administra lo material. Es decir, el diablo es, desde su primera aparición, una representación antropomórfica de la caída en lo material; y esto no hace más que confirmarlo. La ecuación simplificada sería: Materia = Maldad = Diablo; Espíritu = Bondad = Dios.
 La prédica: Es imposible detenerse en la prédica de Jesucristo sin excederse mucho más allá de lo conveniente a los fines de este trabajo, y es por ello que no lo haremos. Más allá de esto, cabe resaltar las innumerables menciones que hace acerca del concepto que la deidad guarda de los bienes materiales, y que, por extensión, él mismo tiene sobre estos. Que su pueblo estaba entre los pobres no es ninguna novedad, sin embargo no se pone tanto ahínco en resaltar la sistemática renuncia a todo lo material que exigía a sus seguidores. No en los términos en los cuales las religiones de hoy lo practican, desde el concepto en el cual (Convenientemente) renunciar a las riquezas es entregarlas a la iglesia para que esta las administre con justicia; sino desde un desprendimiento total y absoluto, repartiendo a los pobres directamente y en persona de lo que tenían, sin ninguna intervención clerical, y en la conciencia plena que sería Dios quien proveería de lo necesario para vivir. El mismo padre nuestro es un claro ejemplo de esto; donde la única petición material realizada por Jesús, en la única oración dejada por él, es el pan de cada día. No pide una túnica, no pide un camello para transportarse, no pide sandalias nuevas o resistentes, bajo excusa de predicar mejor la palabra; tampoco pide pan para toda la vida, ni pide pan para comer una semana, o un mes, o un año; sino que pide el pan que necesitará para comer ese día. A cada hombre rico, o medianamente rico que se le acerca, le dice que debe repartir su riqueza entre los pobres para seguirlo; pues nadie puede servir a dos señores (Trayendo nuevamente el concepto Materia = Maldad = Diablo; Espíritu = Bondad = Dios). Y también que ningún hombre rico entrará al reino de Dios, siendo categórico en esto cuando utiliza el famoso simbolismo del camello por el ojo de la aguja, para referirse a un hombre que, aún siendo bueno y cumpliendo con la ley de Moisés y los mandamientos de Dios, no puede desprenderse de su riqueza.
 Sin embargo, y más allá de esto; hay otra afirmación categórica que Jesucristo comienza a hacer, la cual, aunque en primera instancia parezca no tener que ver con esto, podremos ver como sí. Esta afirmación es que nadie entrará al reino (Siendo el reino la representación de la salvación) si no toma la cruz y lo sigue, o si no muere con el en la cruz.
El cuerpo de Cristo: Cuando el cuerpo de Cristo es colgado en la cruz, está solo. A excepción de los ladrones a su lado, si es cierto esto, no hay nadie con el. Ni uno solo de sus tantos seguidores fue aprehendido en esa noche siniestra, y ninguno corrió a entregarse o intentar rescatarlo. Es decir, si para ser salvo había que morir con él en la cruz, pues entonces ni sus seguidores más cercanos, aquellos que caminaron a su lado y vieron con sus propios ojos la infinidad de milagros realizados, serían salvos. Pero, por supuesto, todos sabemos que ello no es literal, que Jesucristo no quería que nadie muriera con él “literalmente” ese día, y que esto es un símbolo, una representación de… ¿de qué?
 Muy bien, volvamos al concepto materia vs espíritu. Cuando Adán y Eva prueban la manzana del árbol prohibido, la creación de Dios es corrompida materialmente. Esta corrupción trajo consigo la decadencia de la creación toda, en una existencia material imperfecta y muy lejana del plan original. La consecuencia de esto fue, sin lugar a dudas, descender del peldaño de la espiritualidad al del ser animal. El hombre se hizo hombre, vistió la imagen de Dios en él con un armazón corporal de carne y hueso. El primer síntoma de arrepentimiento ante esto debía ser dado por el hombre, y a ello fue Abel, habitando su ecosistema natural sin modificarlo, sin hacerlo suyo y sin apego hacia él, y desprendiéndose de lo más bello y valioso que la materialidad podía brindarle para ofrendarlo a Dios, como un claro mensaje de la comprensión del deseo Divino. Pero, a pesar de esto, y de todo cuanto sucedió después, el hombre podía, habiendo entendido el concepto divino de la no materialidad original, desprenderse de absolutamente todo para agradar a Dios, (Como es el caso de Juan el Bautista) pero siempre habría algo de lo cual no podría desprenderse, y por lo cual el regreso al plan primigenio sería imposible. Esto era la consecuencia directísima de su desobediencia; esto era el pecado original con el cual todos inevitablemente nacemos; esto era el cuerpo humano material.
 Un hombre, podía ser fiel a Dios, podía ayudar a los pobres, cuidar a los enfermos, repartir hasta el último mendrugo de pan, pero jamás podría dejar de ser un cuerpo material. Esa consecuencia en nosotros de aquella primera desobediencia, era, es, y será mientras nazcan hombres en el mundo, imposible de subsanar por nosotros mismos; por más que respetemos todas las leyes y mandamientos de Dios. Siempre, por más que nos esforcemos en la bondad y el desinterés, seremos un cuerpo sobre esta tierra y por ello, la consecuencia de ese primer pecado original sigue vigente en nosotros. Tenía que suceder algo, un hecho puntual, por el cual nosotros pudiéramos morir a la materia sin la necesidad implícita de destruir nuestro cuerpo. Y otra vez, como siempre lo a sido, los simbolismos: “Solo quien muere conmigo en la cruz verá el reino”      
La muerte y resurrección: La muerte de Cristo es, en la literalidad del hecho, en soledad. Sin embargo, simbológicamente hablando, él no muere solo, sino que toda la humanidad está muriendo con él. Carga en sí con los pecados del mundo, esto no es porque él está salvando indistintamente a todos los hombres, sino porque  está representando simbológicamente la existencia humana material, él es, en ese lugar y en ese momento, todos los hombres del mundo. Él, siendo Dios, se hizo hombre, pues solo él, siendo Dios, podía destruir a un hombre sin ser condenado por ello. Al destruir físicamente el (los) cuerpo, corta los lazos del espíritu con la materia y gana la guerra del bien contra el mal (Espíritu vs materia) resucitando en el reino; que no es otra cosa que el plan original de Dios antes de la caída del hombre. Jesús, el hombre, redimido de la materia por sus actos en vida, es finalmente redimido en la muerte por librarse de ese cuerpo que lo ligaba a ella más allá de él mismo, y resucita a una vida nueva, libre de la corrupción material. Jesús, el Dios nacido en la carne, tiene el poder de, merced a la fe de sus seguidores, ser el cuerpo de esos cuerpos que, habiéndolo seguido aceptan morir con él en la cruz, haciendo suya esa muerte, para resucitar a su nueva vida en el nuevo edén. De esta forma, el ciclo de la caída se cumple con la redención. El hombre que niega libre y soberanamente la materia, ya, ni se afana por ella, ni necesita vagar por el desierto y alimentarse con langostas, pues sabe que lo material es solo una consecuencia temporaria de un pecado original del cual ya fue redimido al aceptar por voluntad propia (Es decir, por libre manifestación del alma) que, en la muerte del Cristo, su propio cuerpo animal murió también, y el espíritu fue liberado para renacer libre de ese pecado original. Literalmente aún somos materia, pues continuamos vivos en este mundo, (Al igual que Cristo al resucitar) pero simbológicamente ya hemos dejado de serlo.

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