Tal como se dijo
al inicio de este escrito: La voluntad propia es la manifestación del alma
humana. Toda aceptación de fe, debe, incondicionalmente, realizarse por un acto
de voluntad propia. No sirve, a los ojos del espíritu, ningún acto de fe que se
produzca por coacción, interés, o temor. Si el hecho fundamental del ser
cristiano es la aceptación que Cristo murió y resucitó en perdón de nuestros
pecados, dicha aceptación debe realizarse con el conocimiento simbológico
necesario del “por qué” fue esto así, y del “para qué” debe ser así, sino la
libre voluntad propia queda trunca, y la manifestación del alma invalidada.
Otra vez: La muerte y resurrección en el ser cristiano es un hecho fundamental,
no puede ser aceptado bajo presión o sin ser comprendido, y el cristiano no
puede vivir en comunión con su Dios si no sabe cual es el pecado que éste le ha
perdonado al tomar, libre y soberanamente, esta aceptación de fe. Este trabajo
solo apunta a echar luz sobre esto, que los mercaderes de la fe conocen bien,
pero se empeñan en ocultar en resguardo de sus espurios intereses materiales.
La muerte del Cristo, de ser tomada así, no es ni más ni menos que una
representación simbológica del arrepentimiento humano por este transcurrir
terreno, y un último acto de sacrificio personal. Somos nosotros mismos quienes
nos presentamos ante el altar del sacrificio a tributar con nuestro cuerpo
material en reconciliación con nuestro Dios. Aceptada la muerte y resurrección,
morimos y resucitamos nosotros también, pues tomamos parte en esa muerte,
subiendo con Cristo a la cruz.
Es decir, tomamos nuestra (su) cruz y lo
seguimos. Morimos con el en la cruz y veremos el reino de Dios.
Fin de La Muerte del Cristo
No hay comentarios:
Publicar un comentario